GRAU, HOMBRE DE SU TIEMPO,

TESTIMONIO PARA UN PERÚ

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Conferencia dictada con ocasión del Día del Combate de Angamos

     (7 de octubre del 2006)

 

 

P. Joaquín García, OSA

CETA. Iquitos-Perú

 

                                     

                                     

Lo leí a la entrada del Museo Naval de Valparaíso: “Necesse est navigare” (“Es necesario navegar”). Pensé:  así es la vida; navegar en el tiempo, navegar en las realidades que van pasando ineludiblemente, navegar y navegar en los sueños, hacia el futuro, pero también hacia el pasado, hacia los recuerdos, hacia nuestras raíces. Hace dos meses, me visitó una bisnieta de Grau que nunca había llegado a los ríos de la Amazonía. La ocasión se prestó a escarbar  en los recuerdos, a vaciar los arcones de cosas que trasuntan a olor de archivos y están marcados por la pátina de los años. En primer lugar me vino a la mente el tiempo en que nuestro héroe, y bisabuelo de aquella mujer, había vivido. Y decidí para esta noche repasar, dentro de mis límites, su tiempo y el imaginario que cubrió a su sociedad.  

        

 

TIEMPO DE TRANSFORMACIÓN    

 

Son aquéllos tiempos de incertidumbre y conflictos. De un régimen de sometimiento o proteccionista se había pasado, sin saber cómo, a un ambiente donde el ejercicio de la autoridad tenía que ser regulado, superando las ambiciones individualistas de los caciques autónomos. La Independencia no era sólo cuestión de ruptura con la corona española, era tiempo de construir lo nuevo e inédito: la democracia. La pregunta, como dice José Agustín de la Puente, era, ¿por qué unos peruanos van a gobernar a otros? El nacimiento de liberales y conservadores, de cualquier sociedad, tiene su origen en San Martín y Bolívar. Detrás, como riesgos temibles, amenazan la anarquía y el abuso de poder.

 

Lima y el Perú entero miran al mar. Es una ciudad radiante y abierta. Con la autonomía se hace más cosmopolita, mientras que por sus puertos entran permanentemente inmigrantes de otros mundos más clásicos de occidente e incorporan elementos de transformación de la sociedad peruana y aportan elementos que por entonces se consideraban esenciales para  emprender el camino de la modernidad.

        

Lima era por entonces la primera, la más noble, la más bella ciudad de la América Hispana. Menudeaban los jardines y sus casonas coloniales y republicanas salpicaban el damero central.

 

Para entonces, 1830 a 1850, todavía conservaban las ciudades del Perú sus diseños y proporciones virreinales, a pesar de que comenzaba un paso cualitativo entre las formas de urbanizar anteriores y los nuevos paisajes urbanos. Los balcones y farolas de oscuros anocheceres, de tapadas que se acurrucaban detrás de las rejas, de monasterios y templos suntuosos, van siendo sustituidos por formas de la modernidad republicana y del estilo de moda Art Nouveau, hasta poco tiempo antes reprimidas. Pancho Fierro y Ricardo Palma aportan en dos estilos, el relato y la pintura, un sentido de lo que iba significando el nuevo método de vida que alcanzaba a la vida cotidiana: calles empedradas, que sonaban al paso de las carrozas, negros y negras pregoneros de algún producto nativo, hombres de rostro sonriente y pícaro que dejan entrever detrás de su mirada el doble sentido de la vida, la picaresca de lo que más tarde se ha dado en llamar criollismo.

 

Su población parece desde ahora inverosímilmente menuda:

 

“La población del Perú fue calculada en 1836, según la matrícula de las contribuciones, en

1 373, 736, con apenas un aumento en total de 100 000 en total, en comparación con el censo de 1745 cuarentaiún años atrás  (BASADRE 1968: II, 257).

        

Hablando de la profunda transformación de aquel cambio, Herrera nos dice:

 

Después del fuerte sacudimiento que sufrió nuestra sociedad al desmembrarse de la vasta monarquía de que era parte, fue inevitable que se experimentara un desconcierto y desgracias, hasta fijar el nuevo centro de orden, la autoridad que debía reemplazar al soberano español. Pero establecida una vez esta autoridad; distribuidos los poderes políticos; fijadas las garantías de los ciudadanos; saludada la joven república por los reinos de Europa, que vieron llenos de esperanza su opulencia y sus encantos, ¿por qué experimentamos tanto mal? ¿Cómo este pueblo abundante en talentos, en valor y en todo género de recursos, ha podido sufrir la última humillación de ver su territorio profanado y vencido su ejército por el de un estado, que debía estremecerse al contemplar nuestro poder de lejos? Juzguemos, señores, con imparcialidad y en nosotros hallaremos la causa de la afrenta.(Herrera 1929: I, 117)

 

Pardo y Aliaga por aquel tiempo diría en sus versos que reflejaban así el dramático momento:

 

Y si el progreso público y el orden

Os deben sólo indiferencia fría,

¿No os estremece, al menos, que el desorden

Hondamente arraigándose, haga un día

Que pasiones famélicas desborden

Y que abra el corazón de la anarquía

A vuestro caro bienestar la tumba,

Antes, quizá, que la nación sucumba? (Pardo 1869: 34-35).

 

  

DUENDES Y PERSONAJES

 

En aquellos años José María Flores “subió a la Plaza de Acho en un globo aerostático de su propiedad, importado de Europa” (Basadre 1968: II,401); se hablaba de Mateo Aguilar como predicador; Manuel Ascencio escribe sus primeros relatos costumbristas; Flora Tristán escribe Peregrinaciones de una paria; Von Tschudi escribe Testimonio del Perú.

 

José Agustín de la Puente describe así aquella época:

Entre las diversas mentalidades que conviven en el tiempo que queremos tipificar, hay estilos muy representativos: el de los románticos con ilusiones y desengaños, como es el caso de Felipe Santiago Salaverry; el de los liberales, reconocible en Felipe Laso; el de los estudiosos, encarnados en Bartolomé Herrera, o en José Gálvez; el de los pesimistas por acción de la anarquía, representados por José de la Riva Agüero; el de los sacerdotes apostólicos, que puede descubrirse en Mateo Aguilar; y el de los caudillos  afirmativos y nacionalistas, que es posible contemplar en Gamarra. (Puente Candamo: 203, 9)

               

            

LA TIERRA NATAL DE MIGUEL GRAU

 

Así es el tiempo en que aparece en el escenario del Perú, Miguel Grau que nace en Piura el 27 de julio de 1834, de raíces peruano-colombianas, hijo del Tte. Coronel Juan Manuel Grau Berrío y de la señora piurana Luisa Seminario del Castillo.

 

La novela “La violencia del tiempo” nos da una aproximación generacional a la época en Piura. Son tiempos en que se inaugura el ferrocarril de Liverpool a Manchester, Morse perfecciona el telégrafo eléctrico y Colt inventa el revólver (1836). Nace a los diez años de la batalla de Ayacucho y pertenece a la generación de los que han sido artífices, de uno u otro modo, de las luchas por la independencia de las colonias.

 

El mundo familiar está constituido por nueve hermanos. De la infancia, poco sabemos. Podemos imaginar lo que significaron los juegos en la calle, las permanentes visitas a Paita, a parte de las frecuentes estadías en aquel puerto con su Padre.

 

Aquella generación era costumbrista y romántica que se embarcaba en la realidad pero de un modo apesadumbrado y triste y con ciertos ribetes de bohemia. Las largas tertulias de las noches sin tiempo traían y llevaban las últimas noticias de los periódicos, los rumores de golpes de estado y las intrigas de los grupos de poder en la localidad. Ciertamente no existe entre el 30 y el 40 una obra que se aproxime a lo que era la vida cotidiana en la primera juventud de Grau. Lo que podemos suponer es que han pasado por las manos de nuestro héroe libros como Las tres épocas  del Perú, de  Córdova y Urrutia; El clima de Lima, de Hipólito Unánue; el Salterio, de Pablo de Olavide, y otros del mismo corte. Es probable que más adelante se acercaran a la bibliografía de Prescott, Mateo Paz Soldán, Raimondi y Mendiburu. En cuanto a la literatura universal es imaginable que leerían las obras de Walter Scott, Dickens, Víctor Hugo, Lamartine y Lod Byron. Existían librerías en Mercaderes, Mora, Clavijero y Cervantes, con la Biblia, Homero; la Librería Española de la calle Santo Domingo, donde también se presentan obras de los románticos Zorrilla, Espronceda, Teresa de Jesús, Moratín y Cervantes. La generación de Grau fue una vez más hija de su tiempo.

 

En este ambiente cotidiano se desenvuelve Grau, que va desarrollando desde la independencia hasta el Gobierno de Ramón Castilla  una vocación de mar: navega en un barco mercante, hecho al infinito.

 

Un testimonio original, de puño y letra del mismo Grau, relata esta singladura:

 

Relación de los buques en que ha navegado el que suscribe:

 

1.    Me embarqué en el Puerto de Paita en Marzo de 1843 en el bergantín granadino Tescua, su Capitán don Manuel F.Herrera y fui a Huanchaco y navegando al puerto de la       Buenaventura se perdió el buque en la isla de Gorgona.

( y así continúa, concluyendo con una duodécima salida al   mar):

12. En California tomé plaza a bordo de la fragata norteamericana Seabon Goleen Tagle, su Capitán Guillermo Rolin y llegué al Callao.

 

Es el tiempo en que a través de los comportamientos de los capitanes que gobiernan cada una de las naves se va fraguando la personalidad de nuestro joven aventurero entre 1843 a 1854. También es tiempo de aprendizaje de las cosas del mar, sus  técnicas, en medio de la vida cotidiana, donde Grau se fortalece como persona y principia su formación como marino. Se inicia en el conocimiento del inglés y asimila la experiencia humana vivida en esos años… No sólo confirma su vocación unida al mar; no sólo gana conocimientos prácticos múltiples: aprende a conocer a los hombres y perfecciona las fibras más sólidas de su espíritu. (Puente  Candamo:2003, 49).

 

 

COMANDANTE GENERAL DE LA MARINA

 

Después de haber tomado tierra, y haber ingresado a la escuela naval en su condición de guardiamarina, a sus 43 años asume la responsabilidad más alta en la marina. Su nombramiento se aprueba el 30 de mayo de 1877, hasta 1878, en que debe asumir sus funciones en el Congreso Ordinario como representante de la provincia de Paita. Riguroso y exacto, tanto en su jerarquía como en el tratamiento a cada uno de los problemas y reglamentos, es un estudioso de los proyectos. Se preocupa de que sus marinos están embarcados demasiado tiempo, su preocupación sobre las insignias que se deben usar en cada momento o cómo las informaciones sobre asuntos internos deben pasar por el ministerio correspondiente.

 

 

LA FAMILIA Y LOS HIJOS

 

El matrimonio de Miguel Grau con Dolores Cabero y Núñez se celebra el 12 de abril de 1867 en la Iglesia del Sagrario. Doce años habría de durar aquella unión hasta la muerte del Almirante en el Combate de Angamos el 8 de octubre de 1879. Son los años de mayor felicidad y madurez en la vida de la familia. Su afecto atraviesa las cartas escritas en las correrías del Huáscar,  y destilan ternura a su mujer y a los niños. Son diez los hijos del matrimonio. Recorre la familia las calles de Lima entre 1867  hasta 1879. En los paseos por la Alameda de los Descalzos en los atardeceres, Grau habla de las maravillas del mar y trae en sus recuerdos singulares anécdotas de sus largos viajes por el océano.

 

Viviría en su experiencia como diputado, los momentos más candentes en la vida del Congreso. No es que haya sido un personaje locuaz, pero sí lo suficientemente intenso para transmitir sus experiencias más íntimas, sus recuerdos, sus preocupaciones. Eran los tiempos difíciles en que los liberales pretendían llevar al Perú a la modernidad a través de una educación pública científica sólida, mientras que los conservadores daban espacio a muchas de las órdenes que habían desaparecido por inanición con la Independencia.

 

La preocupación por sus hijos es permanente: la ropa, la salud, la educación. La herencia de la formación sólida es lo mejor que le puede dejar a sus hijos. Seguramente que la obra de Guillermo Thorndike presentada en el Congreso de la República  el pasado martes y que aún no ha llegado a nuestras manos, desarrolla con detalle esta etapa de su vida hasta ahora desconocida: habrá reproducido las condiciones de lo cotidiano, y desarrollado con minuciosidad aspectos hasta ahora desconocidos. En carta del 8 de mayo de 1879 Grau dice a su esposa:

 

(Te ruego)… atiendas con sumo esmero y tenaz vigilancia a la educación de nuestros hijos idolatrados, para lograr este esencial encargo debo avisarte o, mejor dicho, recomendarte que todo lo poco que dejo de fortuna, se emplee en toda instrucción que sea posible; única herencia que siempre he deseado dejarles.

                           

Y más adelante agrega:

Te aseguro, esposa querida, que tanto como tú, lamento la   inseguridad que hay ahora en la venida y salida de los barcos, pues me parece que sólo cada siglo recibo carta tuya, razón por la que más me aburro separado de ti tanto tiempo (Ibid.)

 

  

ALMA DE ACERO Y CORAZÓN DE NIÑO”

 

Así lo definió Juan de Arona. Fortaleza, seguridad en sí mismo, firmeza en sus propósitos, que no contradecían a su cordialidad. Su personalidad estaba apta para alcanzar la plenitud del héroe clásico, en cuyo perfil se distinguen dos dimensiones: su pensamiento y su actitud, en una abierta y transparente relación con los demás y la limpieza en su vida diaria. González Prada, después del Combate de Angamos, plantea que es admirable la coherencia que existe en Grau entre lo privado y lo público. Su unidad interior es indivisible: un personaje de una pieza.

 

En su vida personal mantiene el dominio de sí mismo, no es arrogante, adopta decisiones comprometidas sin retórica. González Dittoni lo describiría años más tarde así:

 

A parte del profundo conocimiento de su profesión y de la riqueza de su propia experiencia en el mar, Grau es un hombre sereno e impávido. Se resiste a los alardes innecesarios y su natural modestia lo lleva a no destacar en un primer plano su actuación, lo que no hará ni en los momentos culminantes de la epopeya. De sí mismo dirá cuando lo elogian merecidamente: “si los héroes son como yo, declaro que no han existido héroes en el mundo”. El recato tímido de su propia intimidad le veda lo estentóreo y lo lleva a una templanza vertical, que fue posiblemente un gran antídoto contra el veneno generalizado de la vanidad y de la fachenda. Por eso, “los quilates mayores de la personalidad heroica de Grau, fueron su humanidad irrenunciable y su ingénita modestia (González Dittoni: 1961: 46).

 

El Nacional, como dando acabado a este perfil, comenta:

Por lo demás, casi es innecesario decirlo, porque son muy pocos los que no han tratado a Grau, siempre ha sido modesto y afable; en las luchas más ardientes, promovidas por el espíritu de partido, ha sabido mantenerse en el terreno de aquella moderación propia de los hombres que saben sobreponerse a sus pasiones (Ahumada I, 1884: 447)

 

 

LA PRUEBA FINAL: GUERRA CON CHILE

 

Entre el 21 de mayo y el 8 de octubre de 1879, están las dos batallas que Grau enfrenta: Iquique y Angamos. El Perú carecía de razones para desencadenar una guerra con Chile, país vecino, del que no había frontera alguna que lo separase, salvo el de su condición de estar al lado. Enfrentar a Chile no constituyó jamás un objetivo nacional, porque no había recibido afrenta alguna de él. La terrible falta de responsabilidad del Perú se da durante la década de 1870, cuando se anuncian las adquisiciones navales chilenas. En aquel momento faltó la mirada serena que ayudase a comprender la necesidad de buques. Tal vez teníamos un sentimiento de superioridad o un acumulado rencor de vecindad. Pero se hacía muy difícil pensar que podríamos llegar dada la gran cantidad de familias mixtas entre peruanos y chilenos, las constantes migraciones de una a otra parte, y el tránsito libre de estudiantes, a pesar de las rivalidades hegemónicas entre los puertos de El Callao y Valparaíso como puntos marítimos en competencia. En cualquier caso Chile buscaba salirse  de su rincón y expandirse por los territorios al Norte y al Este.

 

La escuadra por otra parte era deficiente. Sólo se podía operar en alta mar con los blindados Huáscar e Independencia, y los buques de madera Unión y Pilcomayo. Para la defensa de la costa o de los puertos estaban Manco Cápac y Atahuallpa. Carvajal llega a decir, que la conformación, tamaño y naturaleza de la escuadra entre 1870-1879, confirma la ausencia de una política naval…y, en consecuencia, de objetivos (Carvajal 1992  2: 460-461).

 

Grau es consciente de esta irremisible derrota en las hora suprema de la guerra:

 

Con su noble franqueza, había manifestado Grau la conveniencia de que los buques no se hicieran a la mar, sin ejercitar antes a los tripulantes en maniobras de artillería (Melo 1907: II, 101)

 

Y en comunicación del 30 de abril relata:

Durante los cinco días que he permanecido en el fondeadero de la Isla de San Lorenzo, se ha instruido a la tripulación en toda clase de ejercicios, consiguiendo disciplinar a la gente todo lo que ha sido posible en este corto tiempo.

        

Para Grau la suerte está echada. Incluso reconociendo que la guerra por parte del Perú es una causa justa se deja deslizar en él un rictus de amargura. Escribe así en la carta testamentaria que dirige a su esposa el 8 de mayo de 1879:

 

Me lisonjea la idea de que al separarme de este mundo tengan mis hijos un pan que comer, pues no dudo que la nación te otorgue por lo menos mi sueldo íntegro, si es que muero en combate. Nada más tengo que pedirte, sino que me cuides a mis hijos y les hables siempre de su padre.

Con un abrazo eterno se despide tu infeliz esposo (Homenaje a Grau 1984: 433).

 

La batalla de Iquique se libra el 21 de mayo de 1879. Después de sucesivos ataques, nuestro Almirante cuenta:

 

El comandante de ese buque (Esmeralda) nos abordó a la vez que uno de sus oficiales y algunos de sus tripulantes, por el castillo, y en la defensa de este abordaje perecieron víctimas de su temerario arrojo. Inmediatamente mandé todas las embarcaciones del buque a salvar a los náufragos y logré que fuesen recogidos 62, los únicos que habían sobrevivido a tan obstinada resistencia (Homenaje a Grau 1984: 314).

 

Más tarde, el 2 de junio de 1879; escribiría una carta cálida y profundamente humana a la Vda. De Prat, Carmela Carvajal de Prat, desde Pisagua:

Un sagrado deber me autoriza a dirigirme a Vd. y siento profundamente que esta carta, por las luchas que va a rememorar, contribuya a aumentar el dolor que hoy justamente debe dominarla. En el combate naval del 21 próximo pasado que tuvo lugar en las aguas de Iquique, entre las naves peruanas y chilenas, su digno y valeroso esposo, el Capitán de Fragata D. Arturo Prat, comandante de la Esmeralda, fue como usted no lo ignorará ya, víctima de su temerario arrojo en defensa y gloria de la bandera de su patria.

Deplorando sinceramente tan infausto acontecimiento y acompañándola en su duelo, cumplo con el penoso deber de enviarle las para usted inestimables prendas que se encontraron en su poder y que son las que figuran en la lista adjunta. Ellas le servirán indudablemente de algún pequeño consuelo en medio de su desgracia y por eso me he anticipado a remitírselas (Homenaje a Grau: 1984: 368).

 

 

ANGAMOS: EN BUSCA DE LA GLORIA

 

Angamos es mucho más que un lugar más de la toponimia náutica, tiene un significado profundo en el alma del Perú. En él se concentran todas las aspiraciones, con frecuencia imposibles, de un país que, apenas nacido, quiere escalar las cumbres de su desarrollo, y se lo encarga a los seres más preclaros, a los valientes, a los que serán en el futuro sus héroes.

 

Con frecuencia me pregunto qué significado y valor tendrán los mártires para quienes hoy ocupamos con un nivel de mayor conciencia la extensa geografía de esta patria adorable. Grau nos dejó, como Jesús de Nazaret, el valor de su testimonio, la fuerza de su transparencia, la riqueza de un corazón que muere sin rencor. Sabe que va a sacrificarse, pero se mantiene lúcido y firme en el esfuerzo por defender aquello en lo que cree. Habrá entonces regresado a sus recuerdos remotos, a su primera infancia, a sus singladuras por los mares del mundo en temprana juventud, a su ingreso en la marina de guerra, a su condición de jefe supremo, a su curul en el parlamento, y, sobre todo, a su entrañable familia que abandona en temprana edad. Su escenario irrenunciable: el océano Pacífico, inmenso, profundo que, desde la costa cercana quiere alcanzar las inmensidades.

 

Carecemos de testimonios directos. Pero resulta alucinante imaginarse siquiera cómo desarrolló con su gente una labor de buen maestro para la posteridad. Zarpó, por orden del presidente Prado, el día 30 de septiembre de 1879, a pesar de las observaciones estratégicas del Almirante. No había posibilidad de hacer frente con éxito a la poderosa armada chilena.

 

Arturo Pérez Reverte, el novelista español que hace rigurosa investigación histórica  antes de elaborar sus relatos, en su obra Trafalgar nos ha descrito con lujo de detalles, nombres, sistemas navales, cañones y armamentos, la batalla que acabó estruendosamente con la armada española en la bahía de Cádiz en 1805. Pues bien, falta aún por escribir más allá de la historia pero a partir de ella, la epopeya de Angamos, ceñida a su circunstancia, pero con valor significante para el Perú del futuro. Sería extraordinario ese fantástico relato de embarcaciones liliputienses, de cortas velocidades, acorazadas por planchas de acero como era el Huáscar enfrentadas en singular batalla con aquella otra nación del sur a la que la geografía y la historia nos han unido por más que pretendamos separarnos de ella.

 

El memorandum del teniente primero Pedro Gárezon del 4 de septiembre de 1890 dice textualmente:

 

Al entrar en combate el contralmirante vestía pantalón azul sin galón, levita-paletot de paño castor del mismo color con tres botones prendidos en las bocamangas; llevaba prendidas las presillas de capitán de navío, calada la gorra con placa y calzado de botines de cuero con elásticos. La espada se la llevó a la torre su mayordomo Alcíbar, poco antes de entrar en combate. El contralmirante no llegó a usar a bordo el uniforme de su clase ni arboló su insignia de contralmirante (Homenaje a Grau 1984: 344-345)

 

Melitón Carvajal informa con mayor detalle los movimientos del Huáscar en aquella refriega:

Así continuamos, cuando a las 7.15 am avistamos por el NO tres humos y pocos minutos después pudimos reconocer en ellos al Cochrane, O Higgins que hacían rumbo a cortar nuestra proa… Cuando estuvo el Cochrane a doscientos metros por babor hizo sus primeros disparos; perforó el blindaje del casco, de la sección de la torre, a un pie sobre la línea de agua y el proyectil estalló dentro de esta sección sacando doce hombres de combate; otro de ellos cortó el guardián de babor de la rueda de combate y nos obligó a gobernar con aparejos. Como diez minutos después de haber sufrido estas averías sufrimos otra de mayor consideración. Un proyectil chocó en la torre del comandante, la perforó y estallando dentro hizo volar al Contralmirante señor Grau, que tenía el mando del buque, y dejó moribundo al teniente primero don Diego Ferré que le servía de ayudante.

Tomó entonces el mando del buque el Segundo comandante, capitán de corbeta Elías Aguirre y, bajo sus órdenes, se continuó el combate cada vez más tenaz y sostenido. (Homenaje a Grau 1984: 337-339).

 

Eran las 10 de la mañana del 8 de octubre del año 1879.

 

El mar quedó en silencio antes del mediodía. Grau había muerto. Unos pocos restos de aquel cuerpo valiente habían quedado como recuerdo. Con él había muerto una ilusión peruana. La Guerra del Pacífico declinaba a favor del enemigo.

 

 

UN VUELO MÁS

 

Son las 7 y media de la mañana. Tomo un avión en el aeropuerto de Santiago. Media hora me separa de Concepción, al Sur, junto al Bío-Bío hasta donde llegó la Conquista española cuando audazmente le paró la muralla de la Araucanía. Pienso en el aire mil sueños que tienen como centro sin remedio a la Amazonía. Árboles, ríos serpenteantes, inmensidades en el horizonte infinito, como las del mar. Repaso luego, no lo recuerdo bien, la historia y a las gentes que buscaron su hábitat bajo las sombras de los bosques milenarios. Navego la bajada del Napo en 1542, y la llegada de Jesuitas y Franciscanos mediado el siglo XVII, la Independencia en 1821 y,  la llegada entre 1863 y 64 de los barcos Napo, Putumayo, Morona y Pastaza, el Bergantín Próspero, comandados por gente de la marina, la instalación de la Factoría Naval y del Dique Flotante años más tarde que dieron nuevas dimensiones urbanas a Iquitos con el Cte. Espinar. Vi a los marinos que llegaron en sucesivas navegaciones, a Távara y West muertos en sus expediciones exploratorias. Vi navegando triunfante la América al mando del Tte. Clavero y la Loreto el glorioso 12 de julio de 1911 en el combate de La Pedrera. Vi a los marinos que desarrollaron la primera Fuerza Aérea en la región en la década de los veinte. Seguí navegando los ríos de la Selva con Faura Gaig…

 

De repente me sorprendió la voz de la azafata anunciando el aterrizaje.

 

Sin haberlo sabido, me esperaba una sorpresa: la visita al Huáscar en la Base de Talcahuano.

 

Era un atardecer cuando el sol oblicuo se hundía agrandado por el ocaso. Subí, sobrecogido de emoción, a la cubierta, que ponía mis pies en aquel recinto sagrado. Visité la torre de mando, toqué en el despacho de Grau lo que queda de sus recuerdos, contemplé la cofa en lo alto, subí a la enfermería, bajé a la bodega donde se cocinaban los alimentos, estuve junto a lo que fueron los cañones, contemplé el oleaje blanco de espuma desde aquella insignificante embarcación acorazada, que, pensé, se movería al son de las olas como un cascarón de nuez. Me invadió un sentimiento interior, íntimo, dijera religioso. No se oía más que el taconeo de los pasos de los guías. Suspiré hondo. Recuerdo que me saltaron las lágrimas. Cuando concluí la visita era ya de noche en el invierno del Sur. Las estrellas tachonaban el cielo oscuro como si formaran parte del cortejo de despedida. Atrás quedaba el leve resplandor que salía de aquel Monitor que había sido el vigilante orgulloso de los mares del sur. Tanto tiempo ha pasado desde entonces… Pensé en la frase que había leído en Valparaíso: NECESSE EST NAVIGARE, hay que seguir navegando hacia el mañana olvidando el pasado, con el ejemplo de vida que nos dejó este cristiano caballero de los mares. 

 

Miguel Grau es también hoy, en las turbulencias de un país enfermo y desunido, la gran lección para unos y otros: los que quieren mantener un orden de privilegio para pocos y de dolor para muchos, y los que creen que es posible construir un Perú con Vida en la esperanza. (KANATARI, año 1984, número 2).

 

Iquitos, 7 de octubre del 2006

 

 

AYUDAS BIBLIOGRÁFICAS

 

AHUMADA MORENO, Pascual. 1884-1891. Guerra del Pacífico (recopilación de documentos oficiales). Valparaíso, 8 tomos.

ALAYZA PAZ SOLDÁN, Luis. Grau. En Mercurio Peruano. Lima, noviembre 1946.

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ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Homenaje a Grau 1846-1887. Lima, 2001. Dirección General del Archivo Histórico. Archivo republicano, 10 p.  

BASADRE, Jorge. 1969. Historia de la República del Perú 1822-1933. Lima, sexta edición, t. VIII.

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GUERRA DEL PACÍFICO. En torno a la Guerra del Pacífico. Lima 1983. Pontificia Universidad Católica del Perú.

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MELO, Rosendo. Derrotero de la Costa del Perú. Lima, 1913

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PAZ SOLDÁN, Mariano Felipe. Narración histórica de la Guerra de Chile contra Perú y Bolivia.Lima 1979, Editorial Milla Batres, tres volúmenes.

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