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SUPLEMENTO ESPECIAL

 

 

DOS VIDAS

para el pueblo

 

 

 

 

JULIÁN GARCÍA CENTENO

 

Nació el 22 de octubre del Año Santo de 1933, en Sitrama de Tera, Zamora (España).

Profesión Solemne el 27 de julio de 1958 en Valladolid (España).

Doctorado en Teología Dogmática en 1960, en Roma

Pedagogo y maestro de profesos en Valladolid de 1961 a 1970.

En 1970 fue nombrado Secretario Provincial.

De 1974 a 1982 Superior Provincial de la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Filipinas.

En 1983 Consejero General de la Orden de San Agustín (Roma).

El 19 de junio de 1989 fue nombrado por su S.S. Juan Pablo II Obispo Titular de Giro y Auxiliar de Iquitos.

Tomó posesión del Vicariato Apostólico de Iquitos el 10 de marzo del año 1991.

 

ÁNGEL PASTOR APARICIO

 

Nació el 8 de marzo de 1934 en Valdunquillo (Valladolid) España.

Profesión Solemne el 27 de julio de 1958 en Valladolid (España).

Llega al Perú el 8 de marzo de 1959 y a Iquitos el 15 de marzo de 1959.

La primera ciudad que le acoge en la selva es Nauta donde se desempeña como Vicario Cooperador .

Funda en  1967 el Hogar de Menores dirigiéndolo hasta 1975, así como el CENECAPE “P. Jesús García”.

Fue profesor de Religión en la Gran Unidad Escolar “Mariscal Oscar R. Benavides”.

Párroco de “Nuestra Señora de Loreto desde 1975 a 1996.

Promotor de los Colegios Parroquiales.

Desde 1996 es párroco de la Iglesia Matriz. 

Condecorado con la Cruz Divino Maestro y las Palmas Magisteriales en el Grado de Maestro.

 

 

 

 

 

La Voz del Padre

desde las páginas de KANATARI

 

Antología para la historia del Vicariato

 

 

NOCHE BUENA

 

Fr. Julián García Centeno

 

Dictando estaba la luna

piropos, la noche fría,

mientras el Cielo se abría

en las pajas de una cuna.

En un portal, una a una,

leves, sin pisar el suelo,

todas las aves en vuelo,

querubes y serafines,

iban trenzando jazmines

en torno al Clavel del cielo.

 

¡Silencio!... dijo María,

no le desveléis el sueño,

que está soñando en un leño,

que le espera en lejanía.

Y toda la angelería

enmudeció de repente,

porque una sombra en la frente,

alas en cruz, mariposa,

hizo pálida la Rosa

y al portal capilla ardiente.

 

En la carne de María

siete cuchillos malditos,

siete espadas, siete gritos,

clavaron su garra impía.

¡San José nada decía!

y al ver al niño durmiendo

un rosario iba tejiendo

con los suspiros del alma,

y en sus manos, una palma,

hecha pena, floreciendo.

 

El silencio, estremecido,

se hizo de pronto sonrisa,

cuando un pespunte de brisa

despertó al Clavel dormido.

¡Fue así la primera Misa!

Y hubo aleluyas plurales,

y hubo un temblor de trigales,

repique de cascabeles,

y músicas de rabeles,

y zampoñas de zagales…

 

.. Y de puntillas, viajera,

al portal entró la luna,

y al ver al Cielo en la cuna,

la luna, la luna lunera,

se postró allí de rodillas

y salió con las mejillas

teñidas de primavera

 

“TOMAD Y COMED…”

 

Fr. Julián García Centeno

 

En este copo leve e inocente

que oculta ante tus ojos mi hermosura,

ofrezco a tu locura mi locura,

a tu desinterés mi amor ardiente.

 

Aquí soy surtidor, bálsamo y fuente

para las llamas de tu calentura,

para las sombras de tu noche oscura

lucero claro con mensaje urgente.

 

Aquí mi amor te ofrece noche y día

calor herido y sangre derramada

para la nieve de tu senda fría.

 

Aquí, grano molido y cruz velada,

para apagar la sed de tu agonía

me entrego todo sin pedirte nada.

 

“Celebrar en cristiano la Semana Santa es acompañar y seguir a Jesús, que estrecha a los suyos. Que lava y aconseja. Que acaricia y alerta. Consuela y perdona. Que excusa y olvida. Que se hace amor absoluto. Amor probado con sangre. Regalado en comida. Que obedece y calla. Que abre los brazos hasta el infinito. Que se eleva sobre la tierra. Que se clava en un madero de pies y manos. Que muere y vive. Que se va y se queda. Amor que vence la muerte. Amor que nos devuelve a la VIDA… (31 de marzo de 1991)

 

Nuestra Semana Santa debe ser una cita con el Amor. Una cita con la vida. Sin esa referencia, la cruz, la pasión y la muerte se vacían de contenido esencial. Porque vienen del amor y sin el amor no son nada. Del amor viene la entrega y la donación. La cruz y el camino del Calvario tienen que ser contemplados desde la perspectiva de la vida, no de la muerte; de la fecundidad no de la aniquilación. Cristo Jesús murió para resucitar y desde entonces todos sabemos que ese es nuestro destino. Esa es la “lógica” de Dios, tan distinta y tan distante de la lógica de los hombres… (19 de abril de 1992)

 

La Navidad para un cristiano no es un mero recuerdo vacío, una nostalgia del pasado, una fantasía poética o un mero juego de sentimientos. Es celebrar, admirados, el amor de Dios, hecho carne en el nacimiento de su Hijo. Y celebrar nuestro propio nacimiento y el de todos los cristianos. Porque en este misterio de la Navidad, gracias al amor inefable de Dios, no somos sólo espectadores, sino también protagonistas. Por nosotros se hizo hombre y nos dio su vida… (2º de diciembre de 1992)

 

La Semana Santa tiene que ser para los cristianos mucho más que una celebración externa y superficial, o un desfile de procesiones y actos masivos. Es la vivencia profunda de una fe sentida que nos hace experimentar una vez más la salvación… (11 de abril de 1993)

 

Navidad no es sólo señalar fechas en un calendario, iluminar calles y plazas, cantar villancicos. Es mucho más. Es, sobre todo, volver a lo esencial. Actualizar la salvación de Jesús en nosotros y proyectar su luz a los hermanos. Es recuperar nuestra personalidad interior y nuestras convicciones más profundas e íntimas… (19 de diciembre de 1993)

 

Celebrar la Navidad es encontrarse con Dios hecho hombre. Y encontrar a Dios en el hombre y entre los hombres. Es creer que Dios ha dicho su Palabra más bella, definitiva e irrevocable en Jesús. Palabra que nos llama y, desde la humildad y la ternura, nos grita: “Yo te amo a ti y al mundo”… (22 de diciembre de 1994)

 

La Semana Santa es un tiempo fuerte de nuestra fe y debe serlo de nuestra vida. Merece la pena detenernos estos días para vivirlos en el recogimiento, la oración y la contemplación… (16 de abril de 1995)

 

Navidad es, sobre todo, dejar que Dios nazca y crezca en nuestro corazón. No puede haber Navidad verdadera sin que Dios –el Niño de Belén- nazca dentro. Y si nace dentro, necesariamente “algo” tiene que cambiar fuera. Porque es imposible llevarle en el corazón, estar con él en escucha y adoración, y no sentirse impelido a obrar como él: amar, darse, entregarse… y hacerse portadores gozosos de “la bondad de Dios que apareció sobre la tierra”.. (24 de diciembre de 1995)

 

Para un cristiano la Semana Santa es tiempo de recogimiento y de silencio. De cambio y de conversión. De promesas serias y de ofrendas agradecidas y generosas. El amor que celebramos es un grito clamoroso contra la inercia, la indiferencia, la rutina y la tibieza de nuestros corazones. Una llamada amorosa para enderezar nuestra vida. Para regresar, arrepentidos, a la casa del Padre, que nos espera con los brazos abiertos. Que nos dio a su Hijo para devolvernos la vida… (31 de marzo de 1996)

 

Nuestra casa temporal es el mundo. Un mundo lleno de contrastes, de sombras y luces. Hasta aquí, hasta esta nuestra casa provisional, quiso Dios bajar a llenarla de luz, de amor y de esperanza. No es necesario abandonar, este mundo para encontrar a Dios. Ni alejarnos de los hombres. Le tenemos aquí, entre nosotros. Y aquí vemos su rostro presente sobre todo en los más pobres, desvalidos y marginados. Porque Dios está con nosotros y en medio de nosotros. Y esta presencia suya llena de luz las sombras de nuestra peregrinación… (22 de diciembre de 1996)

 

La Semana Santa debe ser una luz que alumbra nuestro dolorido y fatigoso caminar. Y que llena de esperanza la tarea cotidiana que nos tiene a veces atados al dolor, al sufrimiento y a la cruz. (5 de abril de 1998)

 

Las cruces de nuestra vida recobran su sentido pleno cuando vivimos unidos a este Jesús que contemplamos estos días: rechazado, abandonado, humillado hasta extremos inconcebibles, cargando con su cruz hasta morir en ella… (28 de marzo de 1999)

 

Hemos de hacer lo posible para entrar en el espíritu de la Semana Santa, y vivirla con Jesús y recorrer a su lado y con él, con fervor y sencillez, el itinerario marcado por los aplausos, el sufrimiento, el dolor y la gloria… (8 de abril del 2001)

 

No. No te vayas, Navidad. Que aún nuestro mundo necesita tu verdad y tu palabra, tu luz y tu vida. Te necesitamos en la mesa de nuestros hogares, para que no falte nunca en ella el plato del amor, del respeto y del cariño entre los esposos, los padres, los hijos, los hermanos, y nuestros hogares no sean antesala del infierno. Te necesitamos en nuestras oficinas y lugares de trabajo, para que haya siempre luz, verdad, honestidad, respeto, justicia, responsabilidad y sana alegría. Te necesitamos en los medios de comunicación, para que siempre sean fieles a la verdad y no mancillen el honor de las personas ni turben a los niños y los jóvenes inocentes… (23 de diciembre del 2001)

 

La Navidad bien vivida nos lleva también hacia los demás. Nos acerca a los que sufren en el cuerpo o en el alma: enfermos, ancianos, abandonados, marginados, sin empleo…Demostrarles nuestra comprensión, preocupación y cariño es una forma de hacer realidad entre nosotros el amor de un Padre común que nos ha hecho hermanos… (21 de diciembre del 2003)

… Cuanto más cerca estamos de Dios, comprenderemos mejor lo que Él significa en nuestra vida y lo que ha hecho por nosotros sin merecerlo. La pasión y muerte de Jesús fue el momento supremo, la “hora” por antonomasia, de su fidelidad al Padre y la demostración más eminente de su amor por nosotros… (4 de abril del 2004)

 

Vivir conscientemente la Semana Santa supone descubrir de nuevo la grandeza del amor que Dios nos tiene y que nos demostró de manera tan clara y evidente. No hay amor más grande –Él mismo nos lo dijo- que el de dar la vida por los demás, Jesús la entregó voluntariamente por todos nosotros, pecadores, porque nos amó “hasta el extremo”… (20 de marzo del 2005)

 

La Navidad cristiana es, ante todo y sobre todo, “Dios con nosotros”. Por esos es preciso acercarnos al misterio de Belén con el alma atenta y el corazón despierto…. (25 de diciembre del 2005)

 

La Semana Santa deber ser una oportunidad para pensar seriamente en nuestra propia vida, que, tal vez, necesita algún retoque, rectificación o cambio. Sí, porque quizá vivimos demasiado apegados a las cosas de este mundo, esclavizados por nuestros gustos o caprichos, egoísmos o ambiciones, ciegos para los valores del espíritu como el amor, la fraternidad, la verdad, la justicia, la paz, la solidaridad, la esperanza… (9 de abril del 2006)

 

La celebración cristiana de la Navidad tiene que despertar en nosotros el deseo de agradecer a Dios este amor y la dicha de sentirnos amados por Él sin merecerlo, llenando de sentido trascendente nuestra vida cristiana… (24 de diciembre del 2006)

 

Celebrar la Semana Santa es una oportunidad para reavivar el sentido de nuestra vida cristiana, presente y futura, ajustar nuestros pasos en la dirección correcta y evitar el riesgo de vagar sin rumbo por caminos extraviados… (1 de abril del 2007)

 

Vamos a Belén. El gesto, si lo tomamos en serio, puede ser difícil y doloroso. Los pastores acudieron solicitos a la invitación de los ángeles. No tuvieron que desprenderse de muchas cosas. No las tenían. A nosotros puede costarnos un poco más. Tal vez, mucho más. Acercarse a Belén, con rectitud de intención, nos exige desprendimiento y sincera voluntad de conversión y cambio. Tenemos que desprendernos de malos hábitos, de malas costumbres y arraigadas, de egoísmos y envidias, de perezas y apatías, de lujurias y ambiciones, de soberbias, orgullos, traiciones… (23 de diciembre del 2007)

 

 

 

 

 

 

CONVERSACIÓN A SOLAS

 

Lo encontré relajado, después de haber celebrado la gran fiesta. Me pudo contestar sereno y satisfecho de lo logrado en el tiempo de su episcopado al servicio

 

 ¿Cómo recibió la designación de Obispo Auxiliar?

 

Con enorme sorpresa y   asombro. Con miedo y pánico. No lo podía creer. Acepté sólo por obediencia al sucesor de Pedro, Juan Pablo II.

 

¿Qué descubrió en este pueblo?

Muchas cosas buenas. Entre   ellas destacaría su inmenso corazón humano, capaz de conquistar a cualquiera.

 

¿Su gobierno  en la Diócesis unió más a  la Iglesia en la sociedad regional?

A la iglesia en si misma no me cabe duda  que sí. Con la sociedad en general no es fácil saberlo, pero tengo la impresión que también, aunque hemos de tener en cuenta que la sociedad es muy diversa y plural. Por mi parte, nada deseo más que caminar juntos. Cada uno en su sitio. Con sumo respeto y tolerancia. Y buscando juntos, desde la independencia, la más estrecha colaboración para trabajar por el bien común de nuestro pueblo.

 

¿Cuáles fueron los momentos más gratos como Obispo Auxiliar?

Sólo estuve de auxiliar practicante  un año. Me sorprendió muy gratamente la acogida y el trato que recibí de todos sin excepción, siendo así que yo venía de lejos. Estoy sumamente agradecido a Mons. Gabino, un verdadero hermano, a los Padres Agustinos, sacerdotes, religiosos y religiosas y a todo el pueblo en general. Una cosa que me impresionó fue también la ilusión, la alegría y el entusiasmo de aquellos grupos juveniles.

 

¿Los momentos  más ingratos?

No recuerdo ninguno.

 

¿Sintió presión política alguna?

Nunca.

 

¿Cómo define a la población católica de Iquitos?

Es una iglesia joven, con muchas ganas de que les ayuden a vivir la vida cristiana y responder a los desafíos del Evangelio. Pero que se encuentra  con muchas dificultades de orden material (pobreza) y de orden moral (ambiente paganizado), que la obligan a ir contra corriente y les crea dificultades a la hora de cumplir sus buenos propósitos. A pesar de todo, nunca pierden la alegría y el entusiasmo, que en las celebraciones litúrgicas se manifiesta de manera desbordante. Y contagia.

 

¿Ha bajado o ha subido el número de católicos en esta ciudad?

A pesar de la presencia  de las sectas  y a  veces  del acoso de las mismas, ha subido el número de católicos. Es lógico porque ha subido el número de habitantes. No tengo estadísticas de la proporción.

 

¿Su Vicariato ha estado atento a los problemas sociales de la región?

Absolutamente. Los problemas sociales forman parte muy importante  de la misión de la Iglesia. Estoy convencido de que nuestra Iglesia está cerca del hombre que sufre. Y de que está haciendo una labor extraordinaria en ese sentido. Aunque por hacerlo “sin ruido”, sin cámaras  de TV, sin bombo y platillos y sin repique de campanas, pudiera parecer que no. Caritas, parroquias, hogares, colegios, postas médicas, etc.  están desplegando una labor  continua, laboriosa y callada, a favor de los más abandonados: enfermos; sida, drogadictos, niños abandonados, ancianos, pobres… Incluso ha habido intervenciones ante las altas esferas de la nación reclamando más atención a los diversos problemas sociales  que aquejan a nuestra región.

 

¿En su opinión como se dan los cambios de la Iglesia en los países del tercer mundo?

No entiendo la pregunta. La Iglesia está en el mundo. En este concreto. Y todo lo que sucede en el mundo le afecta para bien o para mal. La crisis posconciliar también ha afectado a nuestra iglesia latinoamericana, con todas sus consecuencias  negativas. Pero, el Señor no abandona a su Iglesia y las tormentas pasan y vuelve a brillar el sol. El punto de referencia concreta lo encontramos en las asambleas latinoamericanas  desde  Medellín hasta Aparecida. Hoy caminamos con muchos problemas, pero también con mucha esperanza hacia la Iglesia de Comunión y Participación, pues tenemos la certeza de que el Señor está con nosotros  (Mt. 28,20).

 

 

 

 

 

HOMILIA

 

Ser sacerdote es una gracia especial. Un don inmerecido. Un regalo de Dios. “No me elegisteis vosotros a Mí, yo os elegí a vosotros” (Jn 15,16). Gracia inmerecida es también celebrar cincuenta años de sacerdocio. Y gracia inmerecida para mí es celebrarlos aquí, con ustedes. Dios ha sido bueno, muy bueno conmigo. Muchas veces en mi vida he experimentado su amor. Estar aquí hoy con ustedes, rodeado de su cariño y afecto, es para mí un regalo singular. Que Dios les bendiga y se lo pague. ¡Gracias!

 

Ante este amor de Dios, brota en mí, espontáneo, un sentimiento de asombro y gratitud; ¿Cómo transmitirles a ustedes el gozo que despierta en mí la inmensa bondad de Dios y la misericordia divina que ha tenido conmigo? ¿Y cómo devolver al Señor todo el bien que me ha hecho? Consciente de mi pobreza y debilidad, al cumplirse hoy 50 años de sacerdocio, les invito a agradecer conmigo en esta Eucaristía este inmenso amor de Dios y a cantar su grandeza, bondad y misericordia. Les invito a unir sus corazones con el mío, sus voces con la mía, para que resuene y suba la gratitud clara y jubilosa, gozosa y ardiente, hasta el trono de Dios. Porque mi sacerdocio es también de ustedes.

 

A los cincuenta años, es obligado volver con la mirada de la fe y del corazón a aquel día inolvidable de la ordenación sacerdotal, acompañado de otros 23 hermanos, allá, en Valladolid (España). Momento de emociones indescriptibles. Momento en que sentimos y palpamos cómo Dios nos tomó en sus manos divinas. Nos hizo suyos. Nos ungió con su Espíritu. Nos confió su Palabra salvadora. Nos consagró con el óleo sagrado. Nos otorgó poderes divinos para consagrar su Cuerpo y Sangre y perdonar los pecados. Fue un día de muchos sueños y de muchas ilusiones, de gozos y de lágrimas. ¿Cómo no vibrar ante el recuerdo de tantas y tan intensas emociones?

 

Cincuenta años de sacerdocio es sin duda un camino largo. Y ciertamente un camino de luces y de sombras. De rosas y de espinas. Porque el ministerio sacerdotal es, en palabras de San Agustín, un oficio de amor. Y no hay amor verdadero sin cruz. El sacerdocio es dulce y amargo. Cruz y gozo. Tabor y Calvario. Ser sacerdote es difícil y peligroso (S. Ag.) Pero también hermoso y sugestivo. Es, entre otras cosas, ser puente –pontífice- entre Dios y los hombres. Hermosa tarea, llena de alicientes y desafíos y, a la vez, de sacrificios y riesgos. El puente debe soportar el peso de quienes lo transitan. Su función es facilitar el paso y el encuentro con la otra orilla. No detener ni retener al viajero. Es servir, no dominar. El puente no es hogar. No es estación de espera, donde el viajero se detiene. El sacerdote sabe que le espera la soledad. También la incomprensión y la ingratitud. Porque no es más que el Maestro y sabe que el verdadero consuelo y el verdadero gozo los encontrará sólo en sus coloquios con Jesús ante el Sagrario. Quien le recuerda siempre: “Ánimo, tú eres mi amigo” (Jn. 15,15).

 

Ser sacerdote significa estar en manos de Dios, cuyos designios son inescrutables e imprevisibles, aparcar planes y gustos propios. Personalmente puede afirmar que Dios me ha llevado siempre por caminos impensables, ajenos a mis gustos e inclinaciones personales. Pero nunca me ha dejado solo. Cuando la carga ha sido demasiado pesada y ha surgido la tentación de cambiarla por otra más ligera, por la falta de respuesta en la gente, o del cansancio, he escuchado claramente en el alma lo que Jesús le dijo a Pedro: “¿Quo vadis? ¿A dónde vas?... Y como Pedro he aceptado la cruz. Y con la seguridad de su compañía me he sentido reconfortado (2 Tim. 1,8).

 

El colmo de las sorpresas y del asombro surgió el día en que me salió al paso con una propuesta que me dejó atónito. ¿Obispo yo? No. Le dije con toda el alma. Le pedí de mil formas, y con lágrimas, que llamara a otro. Me disculpé con mil razones, muy válidas para mí. Me sobraban razones. Sólo la fe y la obediencia al sucesor de Pedro doblegó mi resistencia reiterada, instintiva y visceral. Tuve miedo. Pánico. Pero el Señor volvió a recordarme que sus caminos no son los nuestros y que aunque los suyos están todos marcados con la cruz, Él la lleva con nosotros.

 

Ya lo he dicho: en la memoria de estos cincuenta años lo que sobresale, por encima de circunstancias oscuras o luminosas, favorables o adversas, es el inmenso amor de Dios con su bondad y misericordia infinitas. De este amor, de esta bondad y de esta misericordia doy hoy público testimonio, aquí ante ustedes. Y me atrevo a pedirles que lo reconozcan conmigo y me ayuden a dar gracias. Son muchos los motivos y muchas las razones:

 

Además de la llamada y la vocación, tengo que agradecer a Dios la gracia de la perseverancia. A los sacerdotes de mi generación nos ha tocado vivir en momentos de una profunda crisis al interior de la Iglesia que afectó de lleno a los sacerdotes. De hecho fueron muchos los que naufragaron golpeados por aquella locura posconciliar salvaje y por la insensatez de tantos profetas falsos. Fueron, sin duda, momentos duros y difíciles. Pero también de purificación y de afirmación a la vez. Doy gracias a Dios.

 

Me siento obligado a dar gracias hoy de modo especial a la Iglesia, que me acogió en su seno con el bautismo. Me llamó más tarde al sacerdocio y me consagró para ejercerlo. Siempre ha sido para mi madre que me ha cuidado, alimentado y fortalecido mi fe. En ella he encontrado siempre amor, comprensión, misericordia, perdón y estímulo. Por ella dio Jesús su vida. Por ella y con ella he gozado y sufrido. Ella me hizo comprender el misterio de María y su misión en la Iglesia y en la vida sacerdotal. Madre tierna y amorosa que me ha dicho siempre: “haz lo que Jesús te diga” (Jn. 2, 5).

 

Gracias doy a Dios por mis padres. Pobres y humildes. Pero llenos de una fe tan grande como sencilla. En un pequeño pueblo castellano de 600 habitantes. Me bautizaron enseguida. Y enseguida me enseñaron a amar a Dios y al prójimo. A ser coherente con la fe. Modelos de vida cristiana fueron siempre para mí. A pesar del sacrificio que suponía para ellos mi vocación religiosa y sacerdotal –éramos sólo dos hermanos– la secundaron siempre con alegría, dejándome plena libertad, sin más preocupación que la de comprobar que mi vocación era verdadera.

 

He de recordar también hoy al Párroco y al Maestro de mi infancia. Ellos, junto a mi familia, y con ella, me educaron con esmero y solicitud y me aconsejaron y enseñaron siempre lo mejor: ir siempre por la vida por los caminos de la verdad, de la justicia y del bien.

 

Tengo que recordar hoy, muy agradecido, a la Provincia del Smo. Nombre de Jesús de Filipinas, de la Orden de S. Agustín. Ella, por medio de religiosos y sacerdotes santos, me acogió, cuidó y alimentó mi vocación religiosa y sacerdotal. Me preparó para el sacerdocio. A ella le debo lo que soy como religioso agustino y como sacerdote.

 

Hoy he de recordar también a las personas buenas –muchas- que Dios puso en mi camino en estos cincuenta años. Con su ejemplo y con sus consejos fueron siempre apoyo y estímulo para mi vida personal, religiosa y sacerdotal. Muchas seguramente sin ellas darse cuenta.

 

Entre esas personas están ustedes. Gracias por su cercanía y comprensión. Por su cariño y paciencia. Han sabido soportar mis debilidades, defectos y limitaciones –muchas-. Y han contribuido con su actitud ejemplar a que se me haya hecho más ligero el peso del ministerio episcopal. No tengo palabras para agradecérselo. Y muy especialmente a mis colaboradores-as más cercanos. Sólo Dios puede compensarles como se merecen por la ayuda que me han dado, a veces dura, muy dura, sacrificada e incomprendida. ¡Gracias!

 

Gracias a esto, ha sido posible ir construyendo con el barro de nuestras vidas el templo vivo de Dios, la Iglesia de comunión y participación, unidos en la diversidad de carismas, de culturas, de temperamentos, de estilos…Fundidos nuestros anhelos en un mismo amor, un mismo espíritu, una misma fe y una misma esperanza. Con el estilo y lema que me es querido: sin prisa y sin pausa. Y también sin ruido. Porque el ruido hace poco bien y el bien hace poco ruido. El entusiasmo con que ustedes se han entregado a hacer realidad este bello sueño, ha sido para mí un verdadero estímulo, gracias al cual ha sido posible que nuestra Iglesia tenga hoy un Seminario Diocesano y un Monasterio de vida contemplativa. Signos visibles de las bendiciones de Dios y viveros de vocaciones sacerdotales y religiosas. En este recuerdo están presentes, entre otros muchos, los intensos momentos de fe vividos juntos con motivo de las solemnes celebraciones del Tercer Milenio y del Primer Centenario de la llegada de los Padres Agustinos. La muerte de Juan Pablo II –“el Papa charapa”- y la elección de Benedicto XVI.

 

Con el corazón en la mano les digo a todos: ¡GRACIAS!

 

A los sacerdotes: a quienes he admirado y admiro, por su entrega, dedicación y sacrificio. Porque han sido fidelísimos colaboradores. Todos distintos como es lógico. Pero todos verdaderos sacerdotes de Dios. Ustedes hermanos me han enseñado muchas cosas. ¡Gracias!

 

A los religiosos-as: por su presencia, desprendimiento, dedicación callada y silenciosa. Testigos vivos de la trascendencia de Dios, hablándonos con su vida del valor inestimable de la intimidad con Dios y de los valores supremos del reino.

 

A los laicos: padres y madres de familia: Que viven gozosamente la vida cristiana en medio de grandes dificultades diarias. Muchos comprometidos con un Plan Pastoral de muchas exigencias. Miembros activos de una Iglesia viva. ¡Gracias!

 

A los jóvenes: que con su dinamismo han alimentado en mi la esperanza. Con su mirada limpia, con su sonrisa y alegría, con la luz de Jesús en sus corazones juveniles, me recuerdan siempre que la Iglesia de Dios es joven y dinámica. ¡Gracias! En la vida hay muchos caminos hermosos. Pero si tienen ganas de entregarla, el sacerdocio colma los anhelos más nobles.

 

A los ancianos, enfermos, pobres: Caritas, Cofradías, Movimientos, Hermandades, Evap, comisiones, grupos…etc. En ustedes he visto –veo- una Iglesia viva, que camina sin desmayo, que peregrina en este mundo de contrastes entre los consuelos de Dios y las incomprensiones de los hombres. Al verles actuar en medio de tantas dificultades me han recordado muchas veces que es verdad que no hay nada en este mundo que nos separe del amor de Cristo (Rom. 8,35).

 

A las instituciones públicas y privadas, que nos han ayudado siempre en el cumplimiento de nuestra misión.

 

Hermanos: ¿Cómo no dar gracias a Dios? ¿Cómo no cantar sus grandezas, sus bondades y sus misericordias? Hoy siento cómo estalla en mi corazón el gozo y la gratitud por la llamada de Dios y la vocación que un día elegí y que volvería a elegir setenta veces siete, si fuera necesario. Porque el sacerdocio ha dado pleno sentido a mi vida.

 

S. Agustín temblaba ante las cuentas que había que rendir a Dios, ¿cómo no temblar un sacerdote como yo, que está tan lejos de S. Agustín en sabiduría y en santidad? Sí. Por eso hoy también es momento para pedir perdón a Dios y a ustedes. A Dios, en primer lugar, por no haber correspondido como merece su amor. Por mis errores, faltas, limitaciones. Por las veces que no he usado correctamente su Palabra Sagrada. Por no haber sabido atraer a la gente hacia Él. Por no haberle anunciado como se merece para que le conozcan todos y le amen…A ustedes, por no haber sabido despertar en ustedes más amor a Dios y a los hermanos, más fe y esperanza, más anhelos de santidad. Por no haber sabido arrancarles de los caminos del pecado y de la muerte del alma. Por no haber usado las palabras luminosas y justas, consoladoras y esperanzadas, con todos: jóvenes, ancianos, enfermos, pobres, ricos, justos, pecadores… para que sintieran la alegría de ser cristianos.

 

Con toda nuestra Iglesia, con la Virgen María, Madre de todos nosotros, con ustedes quiero cantar hoy el “magníficat” de gratitud y alabanza, gozo y esperanza, a Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote. Y a la Sma. Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Fuente y Meta de nuestra vida, por los siglos de los siglos. AMÉN.

 

Iquitos, 13 de julio del año 2008

 

Fr. Julián García Centeno

 

                              

 

 

 

 

UN HOMBRE PARA EL PUEBLO

...A mi una de las cosas que más me duele es la pobreza...

 

Por un designio especial,  que no puede explicar,  aceptó venir a Iquitos cuando apenas  tenía 24 años. Han pasado 50  como sacerdote en Iquitos; se siente feliz y no  le invade  nostalgia alguna sino que  le sobra ánimo para continuar con su labor pastoral. Hoy es párroco de la Iglesia  Matriz.

 

¿Qué le animó a venir a Iquitos?

En realidad  fue una cosa  muy sencilla. Primero  comencé a estudiar en el Seminario, desde muy tierna edad, no tienes mayores dudas por qué tienes vocación. Hasta que haces el noviciado que  hice a   los 18. A esa edad ya puedes optar por una  cosa seria. Terminé los estudios y me enviaron un tiempo para hacer pastoral en la Universidad de Salamanca. Después me dijeron: ¿Qué te parece Iquitos? Bueno, dije,  me parece bien. Llegué en barco al Callao y luego por acá.

 

¿Sabía algo de Iquitos?

Claro que sabía. Había  leído muchas cosas sobre este Vicariato en las revistas apostólicas. Conocí a muchos padres que estaban trabajando en Iquitos. Pero no tenía idea de cómo era esta ciudad.

 

¿Cuando llegó con qué realidad se encontró?

Bueno, te voy a decir que al principio choca en algo: los ambientes o los mundos son muy diferentes, pero en fin. Eso sí, no había tanta pobreza como ahora.

 

¿Iquitos era una ciudad tranquila, serena sin muchos aspavientos?

Era muy diferente, una ciudad tranquila. Los mercados, me acuerdo, ofrecían muchos productos y  muy baratos. Los robos casi no existían. Tú dejabas abiertas las puertas de tu casa  y nadie te robaba; ahora las cosas han cambiado. Yo cuento  siempre una anécdota: un día estaba manejando un jeep y realizaba compras. Por ese tiempo trabajaba en Nauta, dejé mi cartapacio con facturas, dinero y otras cosas valiosas sobre el asiento del vehículo y fui a descansar. Al día siguiente desperté preocupado y salí corriendo. El cartapacio estaba en el mismo lugar. 

 

En estos 50 años, ¿qué experiencias interesantes vivió?, ¿qué descubrió?

Hay muchas cosas para contar, hay muchas  cosas que he descubierto. En realidad hay mucho que hablar sobre Iquitos. Refiriéndome a la gente de Iquitos, te digo que es más acogedora, que en otra  parte. Ha de ser pobre, pero es generosa, y eso lo notas cuando vas por los ríos, no se fijan si tienen o no para mañana.

 

¿Otra peculiaridad?

Son poco constantes  y poco perfeccionistas. Trabajé  mucho en los CENECAPES. Ahí dábamos cursos, capacitamos gente. Por ejemplo, algunos muchachos apenas sabían manejar la máquina de soldar y se creían que ya sabían todo y no querían aprender más. Sobre esa realidad o peculiaridad de los iquiteños,  yo pienso si vamos a entrar a mercados, como EE.UU. se van a necesitar productos con muy buenos  acabados, de lo contrario rebotarán.

 

¿La pobreza afecta el vínculo entre la iglesia y la gente católica?

La pobreza es una lacra definitivamente y afecta mucho. A mí una de las cosas que más me duele es eso. Aumenta cada día, yo les veo en las puertas solicitando algo que comer. La pobreza también es fruto de la falta de información. En la medida que  educas a una persona, le sacas de la pobreza. Tu dale educación y formación  y él se las arregla después.

 

¿Por eso fue su interés por construir los colegios parroquiales?

Yo me jugué por los colegios parroquiales, soy un convencido que todo desarrollo parte de la educación. Si no hay eso, no hay nada. Y en eso  los gobiernos han tenido mucha culpa. La falta de educación es un problema muy complejo porque también tienen que ver las autoridades locales, los padres de familia.

 

¿Cuántos colegios parroquiales  construyó?

Más o menos cinco: Nuestra Señora de la Salud, San Martín de Porres, Nuestra Señora de Loreto, Virgen de Loreto y Sagrada Familia.

 

¿Cuantas iglesias ha construido?

Bueno hice muchas. Te digo como unas doce o más. La última fue en el pueblo “Los Delfines”, que se ubica en la Carretera Iquitos – Nauta.

 

¿Construir iglesias es una de  sus mayores satisfacciones?

Hombre, en las iglesias  la gente tiene un lugar para orar, para meditar y donde reunirse. Creo que las iglesias  siempre deben tener las puertas abiertas.

 

Las puertas  de la iglesia estaban siempre cerradas. Hoy es diferente

Cuando llegué  a esta parroquia, las puertas de la Iglesia Matriz paraban cerradas, por que sufría robos a cada momento. He pagado dos guardianes para que siempre estén abiertas.

 

¿Ingresa la gente  en horas que no se realiza las misas?

No vas a creer. Calculo que diariamente entran unas 600 personas, sin contar los que ingresan a las misas. Entran porque quieren orar, sentirse acogidos por Dios y cuando los problemas agobian, ¿quién no tiene problemas? Y otra cosa: entran  más hombres que mujeres.

 

¿Cuáles fueron los momentos más gratos e ingratos?

Los más gratos, ver las obras que haces. Pero te digo  que sufrí horrores en la construcción del colegio de la Salud, pero se cumplió, porque fue un sueño que se hizo realidad, pero también hay momentos gratos de otro tipo, cuando ayudas  espiritualmente  a las personas por diversos  problemas y después te expresan que se sienten bien, que ya las cosas andan bien, que han recuperado la tranquilidad, que tienen una vida más armoniosa, etc. Esos son las más gratificantes.

 

 

 

 

DISCURSO DEL P. ÁNGEL PASTOR APARICIO

 

Quiero manifestar mi agradecimiento en primer lugar a Dios por el gran Don del Sacerdocio que me dio, y este Sacerdocio para Iquitos donde he tenido la suerte de ejercerlo los últimos cincuenta años.

 

En segundo lugar, agradecer a mis hermanos en religión que en todo momento me brindaron su apoyo y ayuda en mi trabajo, a ellos les debo el haber podido realizar obras y trabajos pastorales que de otra manera hubiera sido difícil, a ellos gracias por vuestro apoyo y por haberse fiado de mí.

 

Y gracias, como no, a este querido Iquitos que me ha brindado su apoyo y cariño para desarrollar mi sacerdocio con la amplitud y variedad que he querido. Que ha sabido valorar las obras materiales, las educativas, las eclesiásticas dándome en todo momento su confianza y aliento para seguir adelante. Gracias a todo el grupo humano de los colegios parroquiales que me ha permitido ampliar mi sacerdocio.

 

Gracias también a las autoridades de gobierno que han ejercido su función, durante estos cincuenta años, por su apoyo y ayuda a mi trabajo que ha sido decisivo; y a todos ustedes, queridos hermanos, que hoy nos brindan este homenaje a Monseñor Julián García Centeno y a mí, nuestro cariño y mi agradecimiento.

 

 

 

 

 

DOS VIDAS AL SERVICIO

DE LOS PUEBLOS AMAZÓNICOS

 

EN SOLEMNE EUCARISTÍA

 

Mons. García Centeno y el P. Angel Pastor celebraron sus Bodas de Oro Sacerdotales

 

Amanecía el 13 de julio. Un sol radiante lo iluminaba todo. Tal vez como aquel día cuando hace cincuenta años el anciano Obispo de Changteh Mons. Herrero Garrote, en la Iglesia del Convento de los Agustinos de Valladolid, les había impuesto las manos para consagrarlos “sacerdotes in aeternum”. Una multitud de fieles llenaban las avenidas que llevan al Coliseo “Juan Pinasco Villanueva”. Iban de prisa, con los ojos abiertos y el corazón cargado de entusiasmo. Parroquias, cofradías, asociaciones se daban cita para celebrar la Eucaristía que rememoraba tantos años de historia al servicio de los hombres. Allí se encontrarían con invitados de otras partes del país y un grupo de autoridades que circundaban el altar que, especialmente adornado para la ocasión con toda suerte de elementos regionales, se alzaba en el extremo oeste del recinto. Era el gran día de la acción de gracias por el don de la vida, del ministerio y por todos los beneficios que el buen Dios había producido.

 

Una celebración de fe

 

Cuando los dos celebrantes principales, el Vicario Apostólico de Iquitos, Mons. Julián García Centeno, llegado a esta región en 1989, y el P. Angel Pastor en 1959, acompañados de Mons. Salvador Piñeiro, Vicario Castrense, y P. Agustín Crespo, Provincial de la Provincia de Nuestra Señora de Gracia del Perú y de cuarenta sacerdotes de distintas congregaciones, hicieron entrada al  templo especialmente decorado, más de tres mil asistentes rompieron en un estruendoso aplauso que resonó en el ambiente. Mezclados con aquel apoteosis, resonaban en el aire canciones de júbilo que salían de un coro que enriqueció la celebración y de las voces de los presentes en el acto. Una exultación jubilosa que expresaba el gozo de la multitud por el don del ministerio y de la entusiasmada amistad que había supuesto la relación con estos hombres consagrados para el bien de los hombres. Lentamente siguió la procesión por el centro hasta llegar al altar mientras continuaban las voces entusiasmadas, donde comenzaría la ceremonia litúrgica.

 

Dos historias de vida

 

Una proyección presentó más al detalle las distintas etapas de la vida de los dos celebrantes: pueblo, familia, niñez, seminario, ordenación y partida hacia mundos lejanos. Uno, a Roma y el otro, después de haber seguido unos meses en Salamanca, fue enviado a este lugar remoto donde los Agustinos realizan la misión evangelizadora desde 1901. Habrían de pasar muchos años para que la Providencia los hiciera encontrarse, un poco más de la mitad de camino, cuando el P. Julián García fuera designado para el episcopado en octubre de 1989, se asociara a la tarea de gobernar esta sede sustituyendo a Mons. Gabino Peral de la Torre, a partir del 1991.

 

Durante aquel hermoso espectáculo de imágenes y sonidos, con un texto cuidadosamente preparado, los aplausos atronaron el aire y se podían sentirse clamores de gratitud del pueblo al Dios de la vida, por el don de los dos sacerdotes y su amistad a través de las obras, incontables obras, que uno y otro habían venido realizando en esta parte de la selva. Era emocionante el fervor de los fieles que representaban a las veinte parroquias de la circunscripción encomendada a los hijos de Agustín desde hace ciento siete años.

 

La voz del Pastor

 

Compartida la palabra, Mons. Julián, a través de una profunda y sentida homilía,  se dirigió a los fieles, haciendo un recuento de lo que habían sido los años transcurridos desde aquel primer día, y cómo Dios le había guiado siempre por caminos inciertos. Había un don, según sus palabras, que había excedido a los otros. Por más que se resistió a aceptar una y otra vez el episcopado, la obediencia al Papa le hizo aceptarlo diciendo “hágase en mí”. Y esta nueva etapa  de su vida le había deparado beneficios mil que jamás hubiera soñado. La profunda espiritualidad de la gente, su sencillez, los amplios caminos de la nueva concepción del mundo, el beneficio de los recursos naturales, la inmensidad de sus ríos y la anchura de sus horizontes le habían compensado con el ciento por uno de que nos habla el Evangelio. Hubo momentos de quiebre hasta las lágrimas, cuando recordó a sus antepasados. (En este mismo número se ha transcrito literalmente el texto).

 

Los dones de la Selva

 

De tantos, uno de los momentos más emocionantes fue el de las ofrendas. Abría la procesión un manuscrito de las parroquias unidas, al que siguieron toda suerte de ofrendas de uso popular y nativo: plátanos, pescados, tinajas, frutos del bosque, remos, canastas, hasta un pihuicho… El cronista de este reportaje siente a corta distancia de aquel momento la fuerza de lo trascendente que está más allá de la realidad visible, la emoción desbordada que en algún momento llegó a estremecerle el cuerpo. Aquel gesto comunitario venía a ser una expresión de la fuerza de la comunión del don de Jesús con la tierra y las culturas que han ido surgiendo a lo largo del tiempo en estas latitudes, miradas desde la catolicidad de la Iglesia. La multitud entonaba con júbilo aún mayor las canciones de gratitud por aquellas dos vidas que, dentro de sus debilidades humanas, se habían hecho ofrenda inmolada como Jesús que se puso al servicio de los más débiles. Las ofrendas concluyeron con el pan y vino que en el momento supremo de la consagración se transformarían, como el lejano día de la ordenación, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

 

El pueblo participó en la comunión que distribuyeron los sacerdotes en los distintos ambientes del Coliseo, mientras cantaba jubiloso. Finalizada la Eucaristía el P. Angel Pastor nos dirigió emotivas palabras, intervención que fue cerrada con un aplauso que llegó hasta el cielo.

 

La cultura de nuestro pueblo

 

También el pueblo quiso realizar desde la herencia de sus ancestros una serie de números que hicieron de colofón: danzas, procesión y danza a la Virgen, números del adulto mayor del IPSS, coro del Huambrillo, cerrando con un himno especial para el acontecimiento jubilar.

 

Tres horas y cuarto fue el tiempo de aquella celebración. Pareciera un minuto. Fue el éxtasis del Tabor. Había allí mucho más que emoción en olor de multitudes: un aliento del Espíritu soplaba en el aire. Mientras tanto estarían celebrando la fiesta eucarística otros dos sacerdotes de la misma promoción cuya presencia en Iquitos tuvo señalada influencia: el P. Jesús Víctor San Román, fallecido de leucemia el 20 de julio del año 1982, y el P. Diego Natal, muerto de infarto la mañana del 26 de marzo de 1995, cuando preparaba la homilía sobre el Hijo Pródigo.

 

La multitud había ido abandonando el recinto, sintiendo la tristeza de que se acabara un momento tan gozoso como aquél. Calle Putumayo arriba y abajo los fieles regresaban a su vida ordinaria, después de haber celebrado la alegría de uno de los acontecimientos de la fe más profundamente cristianos: la gratitud por la vida de dos sacerdotes, de los cuales uno ha sido la cabeza y, el otro, mantiene firme durante cincuenta años la ilusión de cumplir con su ministerio en la construcción del Reino hasta que el Señor les llame.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RECONOCIMIENTO

 

El pasado viernes 11 de julio a las 12:30 p.m., en la maloca del “Complejo Centenario Padres Agustinos” del Asentamiento Humano Anita Cabrera la Comunidad de Colegios Parroquiales de nuestra ciudad, en emotivo encuentro, agasajó a su Promotor, el Rvdo. Padre Ángel Pastor Aparicio por sus Bodas de Oro de vida sacerdotal.

 

Esta celebración expresó el agradecimiento de exalumnos, alumnos, padres de familia y trabajadores de los mencionados Colegios, por su entrega y dedicación en la Pastoral Parroquial y Pastoral Educativa.