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SUPLEMENTO ESPECIAL

 

 

 

MÁS DE MEDIO SIGLO DE VIDA

 

 

Aunque de largo tiempo preparados, no ha dejado de producir un desgarramiento interior, donde se concentra todo el dolor de una ciudad que se arraigaba en los años 1955 y que hasta ahora, como él, logra supervivir al paso cruel de los años y los días. José María Arroyo Arroyo, después de larga y penosa enfermedad, murió el 28 de abril del año del Señor dos mil y nueve.  Con él habíamos compartido decenas de tertulias, gustado del jugoso sabor de su figura memoriosa, sabido de sus imprevisibles iras. De él habíamos oído anécdotas mil que nos llegaban enriquecidas por la pintura de lo legendario,  en el Café Exprés de Pedro Reátegui, o en cualquier esquina de esta ciudad. Ya no volverá.

 

La fuerza de su tarea histórica al servicio de esta tierra está presente en los alumnos, tantos alumnos de la UNIVERSIDAD y de otros centros educativos, a cuyo crecimiento, directa o indirectamente, dio por entero su vida de ministro de Dios y de docente bruñido en los impromptus de lo temperamental. Prueba de ello son los testimonios que en el Suplemento Especial a él dedicado queremos registrar para que queden como señal de este medio siglo que ha quedado irremediablemente atrás. Para que tengamos el recuerdo de un hombre entero y verdadero que marcó esta etapa de la sociedad tan desvertebrada pero, al mismo tiempo, tan llena de luz y de esperanza. Que para eso llegó a estas tierras, vivió y murió este hombre de Dios y de los hombres.

 

 

 

 

 

PADRE JOSÉ MARÍA ARROYO,

DESDE NAUTA, IN MEMORIAM

Hno. Alberto Pérez

 

Hoy martes 28 de abril fue llamado por el Padre nuestro querido hermano, amigo y padre José María Arroyo. Hoy en la mañana nos comunicaron su deceso nuestros hermanos de la Comunidad Agustina de Bagazán. Hoy en la noche una misa en su recuerdo. Unas 50 personas, en comunión con el espíritu de san Agustín, compartimos la oración y la esperanza y dimos gracias por haberle conocido.

 

Las fiestas patronales por el 179 aniversario de la fundación de Nauta se vieron opacadas por este otro acontecimiento, sobre todo para nosotros religiosos agustinos de la parroquia San Felipe y Santiago de Nauta. Y después de la Eucaristía, Acción de Gracias por la vida y obras buenas del padre y maestro José María, con nuestros hábitos religiosos agustinos nos embarcamos hacia Iquitos, para acompañar solidaria y comunitariamente a nuestros hermanos agustinos de Iquitos y del Perú.

 

Podemos contar muchas anécdotas del padre Arroyo, y ¿quién no?, y de su generosidad, agudeza, ingenio y cariño hacia nosotros, sus hermanos de Orden y de hábito.

 

Se escribirán muchas reseñas biográficas estos días, se hablará mucho de tu vida y poco de tu muerte silenciosa, sin hacer ruido, sin despedirte, quizá porque te dolía decirnos adiós.

 

Nos consuela saber que no sufriste y que tu cuerpo débil se sumergió en un sueño eterno para dejar volar tu alma de niño rebelde, inquieto y curioso con toda su luz y su pureza.

 

Gracias profesor y maestro de tantas generaciones por tu última lección de valentía, buen humor y tranquilidad con que supiste afrontar tu enfermedad.

 

¡Gracias padre, José María!

 

“Toma, Señor, recibe toda mi libertad,

mi memoria olvidada, mi inteligencia dormida

y toda mi voluntad, que fue hacer la tuya.

Todo cuanto tengo y poseo, tú me lo diste;

a ti, Señor, te lo devuelvo,

todo es tuyo, dispón de ello según tu voluntad.

Dame tu amor y tu gracia,

con eso me basta.”

 

Descansa en Paz, hermano, padre, profesor y maestro José María Arroyo, pasajero y peregrino…

In manus tuas Domine,

Encomendo espíritum meum.

 

 

 

 

 

¡HASTA SIEMPRE, MAESTRO!

Alejandro Eléspuru Noronha

 

 

Alfonso X el Sabio decía que “la universidad es la comunión de docentes y discentes”. José María Arroyo fue uno de los profesores de la UNAP que mejor encarnaba ese ideal.

 En una entrevista en los años 62 en la Universidad  de la Amazonía Peruana

Su magisterio no se constreñía a las aulas. Él enseñaba en cualquier lugar que encontraba a alumnos ávidos por aprender. En el cafetín universitario, en la plazuela Serafín Filomeno, en el Café Express, en las calles, etc. Con él continuaba la tradición académica de Sócrates y del peripatético Aristóteles.

 

Hace décadas que en muchas universidades no existe la comunión de profesores y estudiantes. Terminada la clase en el aula, terminada la relación académica. José María, además de bachiller en teología (como todos los sacerdotes) era licenciado en filología (ciencia que estudia una cultura tal como se manifiesta en su lengua y en los textos escritos en ella). En el período 1972-1976, fui alumno de la especialidad de ciencias histórico-sociales y filosofía, en la Facultad de Educación de la UNAP. José María enseñaba a los alumnos de lengua y literatura. Solo por la curiosidad intelectual de escuchar al profesor Arroyo, fui su alumno en las asignaturas de Literatura Universal y Latín, a pesar que ellas no formaban parte de mi plan de estudios. Desde la primera clase supe que teníamos un profesor erudito y de gran vocación por orientar a la juventud. Y, desde ese momento, José María se convirtió para mí en un permanente académico de consulta, inclusive cuando ya éramos colegas. Él satisfacía mis vacíos en mitología y cultura clásicas, en etimología y en algunos de los varios idiomas extranjeros que él conocía y usaba con fluidez.

 

Con su partida, la comunidad unapense pierde no solo a un extraordinario profesor, si no también a un incansable luchador de sus fueros y a uno de sus más lúcidos representantes en certámenes académicos nacionales e internacionales.

 

Alguien muy entrañable se nos ha ido. Empero, hasta la muerte de nuestras neuronas su luz nos seguirá iluminando.

 

 

 

 

 

P. JOSÉ MARÍA ARROYO

HOMBRE DE DIOS AL SERVICIO DEL SABER

P. Miguel Fuertes, OSA

 

 

Hace unos días, conversando entre los hermanos que el P. José María se nos iba, un hermano propuso que sería bueno repartir caramelos durante su velorio, y otro añadió: pero sólo a los niños.

 Con sus padres

Creo que este comentario nos hace un vivo retrato del hermano a quien estamos acompañando en estos momentos: el P. José María Arroyo Arroyo, quien era todo dulzura y caramelos para los niños (nunca faltaban en su bolsillo) y un poco “rabiosillo” para los adultos, el niño grande que tiene un poco de miedo a los mayores. Quizás todo ello por haber sido marcado desde la niñez por los avatares difíciles de una guerra hecha por los adultos y sufrida en carne propia por los niños.

 

Fue en Perdigón del Vino (provincia de Zamora) donde Francisco y Concepción, sus padres, se alegraron con su nacimiento un 25 de febrero de 1929. Pero con apenas 7 años sus juegos de niño en la escuela se vieron truncados por los sufrimientos de una guerra fratricida (como todas las guerras), en la que ni se sabía muy bien a qué bando se pertenecía, aunque sí estaba muy claro que los muertos los ponían todos. Recuerdo cuando nos contabas que primero fuiste jefe de los republicanos (los demás niños del pueblo) y después de los nacionales (los mismos niños). Creo que dicha guerra, por culpa de la cual no tuviste niñez, marcó tu vida y tu carácter para siempre.

 

Quizás fue por el odio y muerte (que es lo mismo, según nos dice la 1ª carta de S. Jn), que viste a tu alrededor, que a los 13 años decides ingresar en el Seminario Menor de Valencia de Don Juan (León) con los PP. Agustinos, a fin de ofrecer tu amor, regar vida a tu alrededor y tú mismo tener vida, no permanecer en la muerte de quienes cierran su corazón a los demás y al amor. A los 21 años (el 2 de setiembre de 1,950) José María ya no tuvo duda de que Dios lo llamaba para decir a los “muertos” en su corazón por el odio y el rencor: “joven, te lo mando: levántate”; y le dijo sí total y definitivamente al Señor Misericordioso con la profesión religiosa, es decir, los votos de pobreza, castidad, obediencia y ser misionero, en la Orden de S. Agustín. Un sí que reafirmó terminados los estudios de teología con la ordenación sacerdotal, con poco más de 25 años, teniendo ya en su bolsillo el pasaje para las misiones de Iquitos, a donde llegaría en septiembre de 1,954, (¡hace casi 55 años!).

 En una celebración litúrgica, siendo párroco de Fátima, 1996

No es fácil decir todo lo que ha hecho en Iquitos el P. José María Arroyo, ya que incluso muchos de los presentes lo saben mejor que yo. Entre la Parroquia Ntra. Sra. de Fátima, donde con el P. David levantaron la torre más alta que la de la Matriz y el arquitecto les obligó a quitar un pedazo, el Colegio S. Agustín y la Parroquia de Bagazán fuiste desgranando los 55 años loretanos de tu existencia. Por el camino quedan los testimonios de tu presencia y de tu trabajo, amplios y variados, pues fuiste misionero en algún viaje por el río, profesor del Oscar R. Benavides, del S. Agustín y del Glorioso CNI, periodista defensor del buen redactar, vicario cooperador y párroco en diferentes parroquias donde la providencia te ponía, redactor de todos los medios escritos que había y que se creaban en Iquitos, colaborador de radio Mariana y de La Voz de la Selva; Director de Verdades Cristianas y Redactor de KANATARI. Pero, sobre todo, fundador, catedrático y Vicerrector de la UNAP. ¿Cuántos jóvenes, algunos hoy abuelos con nietos, escucharon tus disertaciones lingüísticas y aprendieron a tratar con cariño el idioma de Cervantes? Pero mejor te cito a ti, con tus propias palabras, tu paso por la Universidad: “Nunca se me había pasado por la imaginación que un día iba yo a ser profesor de una universidad por modesta que ella fuera, y mucho menos que llegaría a puestos altos de gobierno. Pues fue así. A mí me buscaron, no fui yo el que buscó a la universidad. Fueron treinta años en los que fui escalando puestos hasta llegar al Consejo Universitario, que era el que gobernaba la Universidad y desde el que llegué al puesto de Vicerrector, desde el que goberné la Universidad en un tiempo en el que las amenazas impelían a los Rectores a buscar pretextos para ausentarse”.

 

Sí, José María, fuiste profesor y no de una universidad, sino de dos, ya que los inicios de la UPI también disfrutaron de tu presencia en las aulas recién iniciadas.

 

Por todo ello es que te llamaban intelectual, ya que era imposible verte sin algún libro en la mano y los lapiceros en el bolsillo, listo, además para aclarar cualquier cosa a quien lo deseara, ya fuese en el salón de clase, en el cafetín o en la parroquia. No tuviste muchos maestros, pero tú fuiste un maestro; no te matriculaste en ninguna universidad, pero tú fuiste fundador de una y profesor de otra. Son muchas personas las que ayer y hoy se me han acercado para decirme que “el P. Arroyo fue mi profesor y maestro”; si te recuerdan después de tantos años, por algo será.

 En un retiro dse 1997

Tampoco te han olvidado las hermanas y hermanos a quienes acompañaste en las Parroquias de Fátima, Bagazán, Matriz o Espíritu Santo, especialmente los jóvenes, con quienes el tiempo se te hacía inexistente y las horas, estando con ellos, simplemente no pasaban. Les gustaba escucharte, admirados por tu enciclopédica sabiduría, y con la picardía de hacerte rabiar un poco para que dieses algún grito.

 

Sí, José María, 80 años dan mucho de sí, y a pesar de que la enfermedad te ha tenido retirado estos últimos años, aquí estamos los que te queremos y te recordamos. Y no nos quedamos con la imagen de hombre grande, serio y gritón que nos viene a la cabeza en primer lugar, sino con la imagen del niño en cuerpo de hombre, con la imagen de quien desde el fondo del alma anhelaba, por encima de todo, amar y ser amado, al estilo de nuestro padre S. Agustín, con la imagen del seguidor de Cristo, que como Él, sintió compasión por los que sufren, por los niños, jóvenes y mujeres solos, tristes o abandonados. Como Jesús, quisiste decirnos muchas veces, “no llores”, aunque a veces te fuera difícil expresarlo con palabras. Por medio de ti, Dios sigue visitando a su pueblo, a tu pueblo, al pueblo de Loreto.

 

Sabemos que porque amaste, no estás muerto, estás vivo, y que ayer tu amigo Jesús te dijo “José María, te lo mando: levántate”. Y tú, nuevamente, le respondiste con María, “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Descansa en paz, y desde el cielo sigue acompañándonos a todo el pueblo de Iquitos y a quienes hemos tenido la suerte de ser tus hermanos. Gracias, José María.

 

 

 

 

 

UN AMIGO YA IDO AHORA SE FUE:

JOSÉ MARÍA ARROYO

Jorge Gasché

 

1962 en la emisora mariana

Varios años de enfermedad causada por la edad ya me tenían separado del amigo, con quien he compartido una etapa profesional importante cuando él era vicerrector de la UNAP. Dirigimos entonces juntos el Centro de Investigación Antropológica de la Amazonía Peruana durante tres años, pero que en total sólo duró seis años, pues cuando su último director se fue, la UNAP no se preocupó por reemplazarlo, y el Centro colapso.

 

En 1969 en un acto académicoDe esa colaboración guardo los recuerdos de la personalidad tan atractiva de José María que logró ligar mi amistad de manera duradera. ¿Qué eran estas cualidades personales? Su seriedad y curiosidad profesional, gracias a la que había introducido en la UNAP el buen uso del castellano, la lingüística de Saussure y el interés por el habla loretano, sobre el cual publicó sus observaciones en unas de estas revistas efímeras de la UNAP, en Conocimiento, vol. 1, no. 2; su humanidad moderadora que trataba de apaciguar conflictos dentro de la universidad y mis tendencias en ese tiempo algo extremas, a tal punto que, una mañana en que nos saludamos en el cafetín Express de Pedrito Reátegui, me acogió con su humor incidente: “Aquí viene Pol Pot.” El humor y la risa era la parte seductora de su persona, pues, aún en situaciones difíciles, sabía aliviar la pesadez y hacer poner adelante valores humanos más importantes que las ambiciones o maldades de la vida diaria.

 

Tuve el orgullo de que apreciara mi castellano escrito – él, el español culto y yo, quien había aprendido el castellano como tercera lengua –, pero lo hizo nuevamente con su humor algo sarcástico. “Escribes muy bien el castellano, me dijo ¡lástima que sea alemán!” Con eso se refería a mi costumbre de formar oraciones largas y complejas. La solidaridad y la equidad también le caracterizaban en nuestro equipo de trabajo, en el cual tuvo que defendernos una vez de las pretensiones de una ONG, que era parte de la iglesia católica. Y lo hizo naturalmente, adhiriéndose más a la razón que a una supuesta solidaridad institucional.

 

Siendo cura, no olía nada a cura; no era por nada sapo de agua bendita. Inclusive defendía posiciones muy abiertas en su iglesia y hasta críticas frente a las líneas oficiales, con palabras de una franqueza que podía sorprender a más de uno. Había leído y estudiado los escritos de su cofrade agustino más famoso después de san Agustín: Martín Lutero. Había entonces suficientes criterios de razón para que nos entendiéramos.

 

Se nos fue un amigo y compañero querido, y una de las personas más cultas de Iquitos, un guía de la juventud durante sus años de docencia universitaria. Nuestra fidelidad a él nos hará conservar en nuestra memoria su recuerdo como un tizón, que siempre nos calentará el corazón y nos incitará al optimismo por la fe duradera en los valores humanos que habíamos compartido con él.

 

 

 

 

 

MIS RECUERDOS DEL MAESTRO

Marina Díaz Guzmán

 Velatorio en el CEO de Bagazán

Conocía a José María Arroyo el año 1965, a raíz de participar en el montaje de la obra teatral del dramaturgo peruano Sebastián Salazar Bondy “No hay isla feliz”. En ella interpreté a un personaje “secundario” entre los secundarios. Así descubrí que él era un apasionado del teatro y muchas de las motivaciones que tuve para dedicarme a esta actividad me fueron inducidas y transmitidas en charlas personales.

 

Recuerdo mucho su paciencia como maestro para ayudarme a comprender las connotaciones, el significado entre líneas de un determinado fragmento de algún texto filosófico o literario que pretendía asimilar a la primera lectura para acrecentar mi bagaje cultural. ¡Vaya, la pretensión que me obnubilaba! José María se sonreía, y acercándose a la pizarra mientras atrapaba la tiza entre sus dedos solía decir: ¡Oh, cómo no vas  a entender!

 

Una de sus grandes aficiones era el séptimo arte. En algunas ocasiones me invitaba a acompañarlo al cine. Y cuando veía a alguien conocido me decía: Observa, Marina, fíjate en su reacción. La mayoría de sus conocidos sonreían burlonamente. Y es que él era un sacerdote que se tomaba la libertad de asistir a un espectáculo mundano acompañado por una mujer. Gracias a estas invitaciones conocí a grandes directores como Igmar Bergman, Buñuel, Fellini, Rossellini, Ellia Kazan, Kurosawa, Eisenstein, Godard y otros. Aprendí a leer imágenes y símbolos, a comprender la semiótica, de la cual José María era un maestro.

Homenaje de la Universidad de la Amazonía Peruana 

Frecuentemente él sintonizaba Radio Nacional de España. Algunas experiencias artísticas experimentadas, vividas en su país de nacimiento y que le parecían posibles de replicar y explorar en nuestro medio, le motivaban y decía: Hija, escuché esta noticia… La podrías desarrollar aquí… Tú ve la forma.

 Homenaje de la Universidad de la Amazonía Peruana

En 1966, mientras cursaba el segundo nivel en la universidad, en una ocasión me invitó al Café Express ubicado en la segunda cuadra del entonces llamado Jirón Lima y administrado por el  legendario don Pedrito Reátegui, y me advirtió que ahí no entraban las mujeres. Mi presencia causó revuelo. Pedí un vaso con jugo. Alguien de otra mesa dijo: No, ese está amargo. Desde otra mesa, otro parroquiano asintió y sugirió que tomara tal jugo. Así de democrático y participativo fue mi primer pedido en el Café Express.

 

José María Arroyo fue autodidacta por antonomasia. Admiraba su tenacidad en el aprendizaje del inglés, francés, ruso, el dialecto yidish de la lengua hebrea. Todas ellas las aprendió para tener acceso a los textos originales escritos en dichos idiomas.

 

En algún momento me comentó que no podía escribir “alegremente”, que tenía que recurrir a menudo al diccionario para verificar el significado de las palabras y ubicar el sinónimo o antónimo de ellas. Y es que José María fue muy exigente para utilizar con propiedad el idioma, tanto oral como escrito, sin ambigüedades o ambages.

 

 

 

 

 

 

JOSÉ MARÍA ARROYO Y

LA PÉRDIDA DE LA MEMORIA

Francisco Bardales

 

Me aturde pensar que un hombre de una memoria tan impresionante en el pasado como José María Arroyo haya finalmente decidido ceder en la batalla que libraba contra una enfermedad como el Alzheimer, cuyo síntoma primordial es precisamente la pérdida inexorable de la memoria.

 Reunión de agustinos en el Perú

Recapitulemos que el Alzheimer es un fenómeno degenerativo que va suprimiendo los recuerdos de una persona, aquellos que se remontan a ayer o de lo que se hizo por la mañana si estamos por la tarde (la memoria a corto plazo). El Alzheimer está asociado a trastornos del pensamiento abstracto, juicio, funciones corticales superiores y modificaciones de la personalidad, bastante importante como para interferir en las relaciones interpersonales del afectado. Poco a poco la capacidad de rememorar se hace inútil, y la mente va borrando todo el disco duro de la historia personal de quienes padecen el mal. El cambio de personalidad es brutal, la tendencia al aislamiento social es invencible y la relación con el mundo exterior es tan solo una burbuja desprovista de sentido y de norte.

 

Refiero en este pequeño artículo al Alzheimer porque, más allá de haber pasado por experiencias directas con personas que lo padecían, explica de modo palpable, en forma metafórica, aquella acelerada pérdida de la memoria y el linaje histórico que ha ido dándose en nuestra región, todas aquellas virtudes, valores y cualidades que formaron parte del espíritu, el talento y la capacidad del Padre Arroyo.

 

Por ejemplo, se ha ido perdiendo en la memoria, impresionantemente, la vocación por el conocimiento, el cultivo constante de la pedagogía, la declaración permanente de la honestidad, la solidaridad y la generosidad.

 

Además, en estos tiempos temblorosos se ha ido eliminando de la memoria el conocimiento y la práctica del  buen castellano, así como a la difusión impenitente de todas aquellas manifestaciones tan vinculadas con la cultura amazónica.

 

Ni qué decir de la pérdida constante y masiva del trabajo – religioso o no – plagado de dedicación, humildad y  devoción.

 

Porque ese hombre carismático, de carácter fuerte, locutor de radios, escritor impecable del idioma, analista enciclopédico de la realidad internacional desde este semanario en su “A vuelo de ronsapa” (que nunca más volvió a ser el mismo desde que dejó de redactarlo, hay que señalarlo), ese amante de la prosa bien escrita, ese consultor preciso de la concordancia idiomática, ese motivador escolar y universitario, ese periodista de polendas, ese fiel cultor de los radioteatros, ese hombre casado con su vocación y con los diccionarios, aquél cosmopolita parlante de cinco idiomas, ese incansable propulsor de tertulias, ese maestro de las cosas dichas directamente y sin rodeos (aunque de por medio mediaran ajos y cebollas), ese cariñoso aficionado y difusor de los mitos y leyendas de nuestra tierra, ese hombre, repito, llamado José María Arroyo, ahora, entre la barbarización de la lengua, la indiferencia cuasi criminal con nuestro linaje y el culto a la ineptitud, parece ser un anacronismo, un incierto dato de tiempos inmemoriales y olvidados que ahora se lo deja en el baúl de los trastes antiguos o en las palabras huecas que se las llevará el viento en cualquier momento.

 

Hemos dejado, en otras palabras, que nuestro propio Alzheimer social  nos prive de la memoria del saber, el legado y la cultura. Nos prive de todo aquello que tan bien representaba la vida y la obra del Padre Arroyo.

 

Recuperar un poco  - o bastante - del sentido y la sensatez del pasado, recordar que la dignidad del ser humano está afincada en su valor de conocimientos y de sinceridad  es enseñar a las generaciones que la memoria es una sola, es indisoluble en el tiempo y en el espacio y, felizmente, como la materia, no solo se destruye, sino más bien se transforma. De la materia de que estuvo formada la figura de José María Arroyo debería salir el magma necesario para transformar o reconstruir nuestra tradición, nuestro espacio y nuestro sendero más adecuado.

 

 

 

 

 

ORACIÓN PARA UN MAESTRO

 

Nora Sánchez García

 

 

¡Señor! Tú eres mi maestro,

mi luz, guía, refugio, oasis y paz…

conoces a José María Arroyo Arroyo

Él es uno de tus apóstoles…

que también fue y seguirá siendo maestro,

respetado y admirado por sus discípulos

con quienes mantenía amenos coloquios

y a quién apreciamos mucho.

 

Él fue un ilustre maestro,

que formó muchas generaciones…

y con cariño le recordaremos

por su mística educativa y religiosa

que lo proyectó a formar

hombres y mujeres

para una nueva sociedad.

 

Contento y lleno de satisfacciones se va…

al saber a sus discípulos realizados

y siempre al servicio de los demás.

Recuerdo sus opiniones y reflexiones,

sus comentarios sobre política nacional e internacional

recuerdo las tertulias en aquel comedor

de nuestra inolvidable universidad.

Su entusiasmo y esperanza…

al soñar con la utopía de…

una sociedad justa y solidaria,

sin opresores ni oprimidos

sin explotadores ni explotados.

 

Te pido… Padre Celestial

recibas en tu santo reino

a José María Arroyo Arroyo…

y que el ejemplo de amor y solidaridad

que nos prodigó… permanezca

continuamente en nuestro ser.

 

Gracias por haberme escuchado Señor…

dame fortaleza para seguir luchando

y plasmando el mensaje cristiano

que recibí de mi maestro y amigo…

Defender los derechos humanos,

evangelizar a los jóvenes universitarios

y cumplir con mi utopía,

el camino es largo, muy largo…

 

Tú partida… “Maestro y Guía”

no es un adiós… es un hasta luego

Tú estarás presente en nuestros corazones…

¡Un cristiano cuando muere

nace a una vida eterna!

¡Un maestro cuando muere… siempre vive!

ARON

 

 

 

 

 

Llegaron de lejos

 

Maximino Cerezo

<minocerezo@gmail.com>

Queridos amigos  Joaquín y Alejandra.

Acabo de leer la noticia de la muerte de José María. Gracias por la comunicación, Alejandra.

No puedo menos que recordarle ahora en sus mejores momentos, durante aquellos días que pasé contigo y con él en vuestra comunidad. Y cuando tecleaba sus artículos para Kanatari en la sala de redacción...Tantos buenos amigos en Iquitos, sus contertulios  del café, sus compañeros agustinos, muchos le recordarán con cariño estos días.

Varias veces comentó que casi llegó a ser claretiano por sus relaciones con el colegio que aún tenemos en su tierra de Zamora ¿te acuerdas, Joaquín?

Es verdad que poco a poco su estado se fue deteriorando lenta e impacablemente.como ausentándose de puntillas, hasta dejarnos definitivamente, mientras precisamente estamos celebrando la Pascua y su indefectible esperanza.

Me siento próximo a todos vosotros, haciendo memoria de él en estos días.

Con un gran abrazo,

Mino

 

Bibianne Daigle

<bibidaigle@yahoo.ca>

Buenas tardes y muchas gracias por tus noticias, los viejos amigos nos dejan... ¡qué vida! como tenía muchos amigos, le estarán esperando para recibirle y tomar el café...

siempre quiero escribir pero la vida en este mundo tan apurado no nos deja tiempo ni por nuestros amigos, un saludo fraternal a cada uno y estoy con ustedes en estos momentos, si puedes enviarte el especial de Kanatari a Lima, alguien me lo hará llegar... gracias, un abrazo fuerte.

Bibi

 

Frederica Barclay

<barclay.f@pucp.edu.pe>

Alejandra:

Me da mucha pena la noticia de su muerte, un abrazo para ustedes

Flica

 

Matilde Urbina

<matildeum@hotmail.com>

Estimada amiga¨

Es una lástima lo de José María, un gran valor intelectual, pero es el curso de la vida, mis sentidas condolencias a los Agustinos (en especial a Joaquín), me imagino que Kanatari se comportará como se merece en su número de fin de semana. 

Con cariño

Matilde

 

María Juan

<mariajuan@cantv.net>

Alejandra

Lamento mucho el fallecimiento del P. Arroyo. No tuve la oportunidad de trabajar con el, ni de conocerlo  profundamente, pero su fama le precedía. Fue un hombre estudioso, una vez hablo conmigo casi una hora, sobre el predicado nominal, sin ser pesado, que ya es decir!.

 Amigo de sus amigos, que fueron pocos, sus anécdotas quedaran en la memoria de sus muchos alumnos.

Dios lo hará descansar en paz.

Un abrazo

María Juan

 

Santos Granero, Fernando

<SantosF@si.edu>

Hola Alejandra:

Qué pena que me das. José María fue un gran apoyo cuando era vicerrector de la UNAP y yo estaba de director del CIAAP. Y siempre me gustó su estilo regañón de relacionarse. Y su enorme vitalidad y gran honestidad. Qué pena.

Gracias por avisarme.

Saludos,

Fernando

 

 

 

 

 

 

MISCELÁNEA

 

 

Cursillo de Cristiandad, 1969

 

Consagración Iglesia San Agustín, 1986

 

Bendición de la 1ra piedra Iglesia de San Juan