LOS CEMENTERIOS DE IQUITOS
“Que solos se quedan los muertos”, reza el poema. Y es verdad. Todo cementerio es sagrado, en diferentes pueblos y culturas, en ámbitos diversos. Nada hay que invite tanto a la meditación y a la plegaria como ese mundo donde más tarde o más temprano todos iremos a descansar algún día. Iquitos, esto que ya va pareciendo una macrociudad que nos agobia, con su más de medio millón de habitantes, ha tenido desde sus orígenes, y antes en el tiempo, una ciudad equivalente, la de los muertos, como el lugar de la otra parte de la ciudad, donde descansan quienes han transitado en el tiempo y a quienes la otra ciudad, la de los vivos, quieren dar culto y veneración.
Esta capital de Loreto ha elaborado también desde los vivos la memoria de los lugares por donde han ido desfilando sus cementerios. Desde1886, cuando el Cte. Espinar trazó su primer diseño y colocó el camposanto en el mismo lugar donde ahora se encuentra el Colegio San Agustín, en la Plaza 28 de Julio. Apenas contaba entonces con tres mil habitantes. En 1902 la Municipalidad lo transfirió a la Beneficencia Pública y en 1906, según cuenta Silvino Treceño en el número 712 de KANATARI, había sido precedido de un cementerio originario situado no se sabe dónde.
En uno y otro caso, tanto en áreas residenciales o caseríos, centro o barrios marginales, el cementerio es parte de la vida de cualquier conjunto social. A un espacio habitado, ineludiblemente le acompaña una necrópolis del tamaño, dimensiones y estilo de lo que es el espacio de la vida. Gente viajera cuenta que lo primero que visita en los lugares donde llega es eso que de entrada llamamos “camposanto”, queriendo tal vez significar que allí todos somos iguales o que nuestros antepasados fallecidos han entrado en el silencio de lo trascendente, en la paz definitiva de su encuentro con el Dios de la vida, más allá de la barrera del silencio. De hecho, cuando las poblaciones tradicionales no han sido demasiado grandes, los cementerios estaban siempre cercanos a los vivientes que esperaban que algún día les tocase pasar la barrera de la muerte.
Pero en la vida todo es ambiguo, nada es verdad ni mentira. El crecimiento desmesurado de nuestra ciudad, la transformación de sus raíces culturales, ha hecho que hayamos olvidado en pocos años la memoria en torno a los funerales: llevar alimentos a las tumbas, orar al son del violín sintiendo la vibración de quienes nos precedieron, pasar largas horas coloquiando quedamente y poniendo flores a unos y a otros vinculados a nuestra existencia.
Desde el descubrimiento del cementerio precolonial de Nueva Valencia en las selvas del río Corrientes (de trescientos metros de largo por cincuenta de ancho), se han venido agregando en este punto muchos, Iquitos, otros cementerios, públicos unos, otros considerados clandestinos. Entre los primeros tenemos a San Miguel Arcángel, el cementerio Hebreo, el cementerio de San Juan, el cementerio de Punchana, el cementerio de Quisto Cocha, Jardines del Edén y el británico del que a penas quedan algunos vestigios (Vid. KANATARI, 28 de abril de 1996). Se agregan a ellos los informales como Munich, Nuevo Versalles, Manco Inca y algún otro que seguramente ha crecido en la medida que la ciudad se ha ido ampliando.
Rusia, la Unión Rusa Soviética, bajo el régimen del socialismo real en la época del implacable Stalin, mantenía en las tumbas de los antepasados una mesa con alimentos y bebidas para que los difuntos tuvieran en su largo camino por la eternidad un modo de sobrevivir en medio de la purgación. No hay pueblo, desde los más originarios hasta los más desarrollados que no tenga alguna forma de vinculación con el más allá, donde acompañan a sus compañeros de fatigas.
¿Qué tendrán los cementerios que acompañan a los lugares de la vida, como parte necesaria de la existencia humana? Difícil entenderlo. Pero, ahí están. Sin embargo el proceso de incineración pone a los muertos y a los cementerios ante una difícil encrucijada. ¿Qué sucederá en el futuro? A buen seguro que ahora cobrarán aquel cariz que convierte nuestras casas en verdaderos camposantos, aunque nunca serán colectivos.