EL EXTRATERRESTRE
Uno de mis muñecos se llama el extraterrestre, porque dice que ha venido a la Tierra desde no sé qué asteroide. Seguramente está loco o se ha caído de un nido. Los demás muñecos le miran con curiosidad y se burlan de él, pero eso le importa muy poco. Él seguía repitiendo que sentía nostalgia de su patria celeste, donde todo era alegría y felicidad, mientras que la Tierra era triste y dramática.
— ¿Pues por qué te viniste acá, o por qué no vuelves a tu asteroide?
—Precisamente, porque no quiero ser feliz mientras aquí reina la tristeza. Quiero alegrar a alguien. Por eso me hice diplomático y llegué a reinar.
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¿Pero tú eres rey o has sido rey?
Sí, fui rey durante algún tiempo. Suprimí la diferencia entre los buenos y los malos. Pero los hijos de la Tierra me depusieron. Alegaron que un extraterrestre no puede nunca saber lo que pasa en las entrañas de los terrestres. Hay que nacer en la Tierra y ser hijo de la Tierra para gobernar la Tierra. Me exigieron o bien hacerme hijo de la Tierra o marcharme. Entonces opté por hacerme hijo de la Tierra por amor a los terrestres. Me sometí a todo lo que me pidieron: lavados de cerebro, educación sistemática, técnicas psicológicas y sociológicas. Tomé muy en serio la Tierra y los compromisos temporales.
¿Y no se arregló todo?
—No se arregló nada. Porque surgieron dos partidos opuestos. Uno de los partidos me llamaba "marciano" y defendía que un marciano nunca entenderá a los terrestres, por más antenas que lleve en la cabeza. Además, me acusó de organizar un partido para defenderme a mí mismo como los antiguos reyes absolutos. Me acusaban de que quería convertir la tierra en un campo de aterrizaje para ir y venir al asteroide.
—¿Y no te
defendió ese partido tuyo?
—Malamente. Sobre todo los jóvenes, no se fiaban de los asteroides. Exigían el
diálogo con el partido opuesto y unas componendas extrañas. Era inútil explicar
a los jóvenes que la Tierra no es tampoco un absoluto, que pertenece al sistema
planetario, que depende del Sol, que es un minúsculo apéndice del cielo. Todo
inútil. Los jóvenes insistían en que la Tierra tiene sentido en sí misma, en que
aquí está el paraíso, y que aquí hay que morir luchando antes de mirar al
cielo. En suma, se pusieron al habla con el partido opuesto y llegaron a
declarar la necesidad de un plebiscito o referendum. Los que trataban de
defenderme fueron considerados como espías y traidores. Los pobres quisieron
plantear un recurso trascendental, pero ese recurso provocó la risa y el
escándalo. Total, me vi obligado a abjurar o ser deportado.
—Y tú preferiste sacrificarte por el bien común, ¿verdad?
—No os burléis. No era nobleza, aunque también la nobleza obliga, sino estricto deber y además, mi propio fuste, ya que estaba aburrido de tantas mentiras, hipocresías y juegos políticos. Comprobé que no valgo para luchar en ese terreno oscuro y hediondo. Además, había otra cosa. Yo me había enamorado...
—¿Sería de la
soledad o de la sabiduría, no?
—No, exactamente.
—Ya -dijo un muñeco malicioso-. Por lo general estos idealistas tienen también más o menos su trastienda un tanto desordenada.
Hubo críticas maliciosas.
—El idealismo es un modo de no trabajar. Es hermoso dedicarse a la piedad y a la sabiduría, mientras los esclavos trabajan y ponen la mesa.
—Yo quisiera saber a qué se dedica este señor, que fue rey, y ahora habla de la nostalgia de la patria. ¡Qué romántico!
El extraterrestre, aunque a veces se impacientaba, terminaba riendo:
—Y, bien, yo me hice hijo de la tierra para alegraros. Y si ahora os alegrara, aunque sea a costa mía, lo celebro. Eso significa que no he perdido del todo la partida. Algo consigo haciéndoos reír.
— ¡Ah, te gusta convertirte en un hazmereír?
—Pues, sí, me gusta. Y ya que lo dices, ¿acaso soy yo otra cosa que un hazmereír? Pues si lo soy, ¿por qué no he de cumplir mi cometido?
Dichoso muñeco loco, ¡cuántas cosas me enseñó! ¡Cuántas maravillas contaba de otros mundos! Los otros muñecos se burlaban continuamente, pero eso le estimulaba. Cuando oía reír, él mismo se animaba a reír. Hay que reír con los que ríen y evitar que nadie llore. Soy libre, y libremente me he convertido en un hijo de la tierra. Eso es todo.
Realmente, valía la pena de escuchar estos diálogos que promovía el extra-terrestre.
Tomado de Cuentos Castellanos de P. Lope Cilleruelo
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