Se cuenta que hace unos años atrás en un pueblo fronterizo
del Amazonas, sucedió un acontecimiento realmente extraño: la desaparición del
primer poblado de Caballo Cocha, que en ese entonces solamente era un pequeño
caserío ubicado muy cerca de las fronteras de Perú, Brasil y Colombia.
Desde hacía mucho tiempo esta triple frontera ha sido un gran
centro de operaciones, desde allí se realizaban los embarques de contrabando de
mercaderías y también de cocaína. El tráfico de drogas iniciaba su recorrido
hacia otras ciudades del Perú y de ahí a otros países del mundo.
Debido a esta situación la zona se pobló de delincuentes que, finalmente con
sangre y terror, se apoderaron de pequeños y grandes pueblos fronterizos que no
contaban con suficiente protección ni mucho menos con una autoridad
gubernamental que impidiera su invasión. Preferentemente, la antigua "Caballo
cocha" se vio invadida por contrabandistas y narcotraficantes quienes eligieron
a este pueblo como uno de sus sitios favoritos.
Los maleantes empezaron a amedrentar a la población
paseándose armados por las calles, realizando escandalosas fiestas y orgías
interminables todos los días. No pasó mucho tiempo cuando aparecieron cadáveres
al amanecer, aunque desconocidos, sin embargo, cuando mataron al hijo de don
Hortensio Yuyarima, recién la gente buena del pueblo se asustó y como no pudo
soportar más la situación, escapó por diferentes direcciones tratando de hallar
un lugar más tranquilo para vivir. Pocas familias se quedaron y una de éstas fue
la de don Gumersindo Mananita, un campesino mestizo que tenía una familia
numerosa. Mananita vivía en una ribera del río alejada del pueblo y al parecer
se encontraba a salvo de los malhechores.
Pero una noche don Gumersindo tuvo un sueño: el pueblo se
sumergía en las aguas del lago en un remolino de enormes burbujas. Cuando
despertó, llamó a algunos familiares y les comunicó que ese sueño era un mal
presagio porque sobre el pueblo había caído una maldición y decidió, por lo
tanto, escapar de allí. Rápidamente entonces puso en alerta al resto de su
familia, que al principio dudaron de las palabras del anciano, pero al verlo tan
convencido de lo que decía, decidieron salir en busca de un lugar más seguro.
Pusieron en las canoas todas sus pertenencias y esperaron que llegara el
amanecer para que así pudieran salir con un poco de luz.
A los primeros rayos de Iuz subieron a sus canoas y empezaron
a huir. Mientras se alejaban se podía oír la música entreverada con decenas de
gritos de los maleantes que se divertían con sus mujeres; otros, seguramente
peleaban y otros más, bailaban. No había duda que todos continuaban
emborrachándose.
Cuando las canoas de los familiares de don Gumersindo se
encontraban cerca de la otra orilla, un rumor se levantó desde el centro del
lago, el rumor iba aumentando paulatinamente, parecía salir de una inmensa olla
de agua que hierve; después de unos instantes don Gumersindo y sus familiares
pudieron ver con asombro cómo el agua de la ribera del pueblo de Caballo cocha
se movía y levantaba, explotando en miles de burbujas.
Don Gumersindo y sus hijos remaron con mayor fuerza y
velocidad en busca de la otra orilla.
Finalmente, llegaron a tierra firme y observaron atónitos que el pueblo empezaba
a ser devorado por remolinos violentos de agua. Aún se escuchaba la música y los
gritos de la gente embriagada que seguía festejando. En pocos minutos, el
antiguo poblado de Caballo cocha desapareció por completo frente al asombro de
don Gumersindo y su familia.
Gumersindo y la gente que se había ido con anticipación
fundaron otro pueblo, que bautizaron también como Caballo cocha y que hoy es la
capital de la provincia de Ramón Castilla en la región peruana de Loreto.
Caballo cocha, actualmente es una pequeña ciudad tranquila y de gente
trabajadora, aunque la historia del pueblo, que tiene igual nombre y que se
hundió en el lago, aún mantiene una misteriosa presencia.
Hay versiones de que el pueblo desapareció debido a una
maldición de la gran Madre Selva, las causas ya las sabemos pues las originó
aquella gentuza. Se dice también que aun hoy, en pleno siglo veintiuno, cuando
las grandes lanchas o botes navegan por el lago en la parte donde se hundió el
pueblo, se ven obligados a aminorar su marcha o apagar sus motores, ya que
algunas naves han naufragado en ese lugar atrapadas por extraños "muyunas" o
remolinos. Por esta razón todos tratan de pasar desapercibidos sin molestar a
los espíritus de los ahogados. Otras personas, aseguran que si uno se atreve a
llegar al centro del lago en una canoa silenciosa y acercamos el oído a la
superficie del agua, se puede escuchar los gritos de quienes aún siguen
festejando en el fondo del lago.
Tomado de Siete misterios en el Amazonas de
Rafo Díaz.