EL DUELO

 

    Sinchi, el joven otorongo, señor absoluto de la selva de Chambira, esperaba a orillas del lago, oculto entre las altas hierbas, con los ojos fijos en el verdor del boscaje, la llegada de un venado. Tenía que llegar, pues Sinchi sabía que un venado va siempre a calmar su sed en el mismo sitio, y el día anterior había visto las huellas del animal en el fango, y la hierba que crecía cerca estaba salpicada de barro fresco, lo que indicaba que el venado había pasado por allí hacía poco.

    Por un momento Sinchi pensó en seguir los rastros, pero después desistió. Era preferible esperar el siguiente día, porque la tarde era lluviosa y la humedad aviva el olfato de los animales. Entre tanto, afilaría sus garras en la corteza de un árbol.

Sinchi esperaba... El sol caía a plomo, poniendo un sopor en la naturaleza. Ni una ráfaga de aire refrescaba el bochorno de la tarde. No se oía ni un trino en las ramas, ni un susurró en el follaje. Había un silencio pesado que solo se interrumpía por el crujir de la madera seca de los árboles muertos. Hasta los peces se habían alineado a la orilla del lago que, a la sombra de las palmeras, soñaba copiando el azul profundo de los cielos. Sinchi se dejó invadir por el sopor y lentamente fue cerrando los ojos...

    Un imperceptible rumor le despertó. Allí estaba el venado. Bebía con las patas delanteras hundidas en el agua, inconsciente del peligro que le amenazaba. Sinchi se preparó a dar el salto: se replegó sobre sus patas traseras, encogiéndose todo lo que pudo hasta convertirse en una bola amarilla con manchas negras. Pero de pronto el venado desapareció dentro de las aguas, como si hubiera sido arrastrado por una fuerza misteriosa. Sinchi no salía de su asombro y no podía explicarse lo que había pasado. Los pelos de su cola se erizaron.

    Se formó un remolino en el lago, y apareció la astada cabeza del venado ya moribundo. A poco emergió otra cabeza negra y larga: era la cabeza de Huácac, el más robusto caimán del lago.

Huácac también había estado acechando al venado y horas y horas, sin hacer el menor movimiento, había permanecido junto a la orilla como si fuese un madero podrido y cuando llegó el venado, lo cogió sin más trabajo que abrir y cerrar las poderosas mandíbulas.

Sinchi, al verse burlado por Huácac, sintió una ira profunda como puede sentirla un otorongo joven, pero la disimuló, y confiado en la amistad que siempre le había unido al caimán, le pidió compartir la presa. Huácac ni siquiera se dignó responderle. Mirándole de soslayo con una mirada burlona de sus pequeños ojos, nadó con la presa entre los dientes a la orilla opuesta, arrastró el venado a la playa y comenzó a devorarlo. Sinchi dio un rugido de cólera.

    Pasaron muchos días y en la selva nadie oía los rugidos de Sinchi. Nadie tampoco lo había visto; ni el gavilán que desde la altura en que planea su vuelo averigua todo lo que ocurre durante el día, ni el urcututú, que con sus ojos redondos ve todo lo que ocurre en la noche. Y todos creyeron que Sinchi había muerto.  También lo creyó Huácac. Y se alegró, porque sabía que Sinchi no le perdonaría la ofensa, y tenía miedo. Por eso ya se acercaba a la orilla y tan solo esperaba la época de la gran inundación para trasladarse al río, hasta donde no podía alcanzarle la venganza del otorongo, porque el río es muy grande y por él se puede ir a todas las partes. Bien es cierto que la vida en el lago es muy cómoda. Pero ya que Sinchi había muerto, ¿Por qué abandonar el lago¿ Y Huácac, después de tomar esta resolución, salió a la playa a secarse y dormir una siesta. ¡Qué agradable era el sol!

    Estaba ya casi dormido cuando sobre su lomo sintió un gran peso y un dolor profundo en el cuello. Sinchi estaba sobre él. El otorongo se había ocultado para saciar su venganza... Huácac se sintió perdido, porque un caimán en tierra firme no puede luchar con un otorongo, a menos que éste cometa la imprudencia que Sinchi, experimentado cazador, no cometería, de colocarse delante de sus mandíbulas. Huácac se decidió a morir, pero con la valentía que solo sabe hacerlo un caimán. Pero Sinchi no quería matarlo. Prefería contestar una burla con otra burla y hacer que todos los animales rieran de Huácac. E implacablemente le fue devorando la cola, de la cual el caimán estaba tan orgulloso. Huácac hubiese preferido la muerte.

    Cuando el otorongo hubo saciado su hambre y su venganza, de un salto abandonó su presa y se quedó mirándola burlonamente. Huácac, horrorosamente mutilado, se precipitó al río y se hundió en las aguas para ocultar su vergüenza; pero tuvo que salir muy pronto, porque las pañas, atraídas por la sangre, con sus dientecillos menudos y afilados acudieron en millares a devorarle el resto de la cola. Hubo de acercarse a la orilla y hundir su herida en el lodo para resguardarla y esperar que cerrase. Y por varios días se vio Huácac rígido, hundidas las patas traseras en el fango, con la cabeza al sol y a la lluvia, devorado por el hambre, mientras todos los animales se reían de él y cuando hasta los peces de plateadas escamas saltaban a su lado, como burlándose de su impotencia.

    Todavía estaban en flor los ceticos de grandes hojas blanquecinas y aún no habían llegado las manadas de manshacos, los grandes jabirúes anunciadores de las inundaciones, cuando ya las aguas comenzaron a subir. Era preciso abandonar la tierra inundable y buscar las altas restingas. Y desde lejos fueron pasando, primero las perdices de vuelo tardo. Tras de ellas pasaron los añujes y las ratas de abundante pelo. Haciendo gran ruido y orgullosos de sus largos colmillos llegaron las huanganas, que removían la tierra a hocicazos, y, después, los sajinos. También, aun cuando saben nadar muy bien, las sachavacas fueron en busca de la tierra firme.

    Sinchi, al paso de los animales, se divertía cazándolos. Para él llegaba la buena época; en la restinga estarían reunidos todos los animales sin poder huir, y ya no tendríanecesidad de caminar días y días siguiendo el rastro de las huanganas para coger alguna cría rezagada o esperar, oculto entre los zarzales, que un pato se le acercase imprudentemente.

    Pero las aguas subieron más pronto de lo que Sinchi esperaba. Ya no podía pensar en bordear el lago, porque el gran bajío estaba lleno. Para salvarse necesitaba pasar a la otra orilla; pero en el lago estaba Huácac. ¡No importaba! Una vez más se burlaría del caimán y atravesaría el lago.

Silenciosamente, al promediar la noche, se acercó Sinchi a la orilla. Poco antes había estado rugiendo en un sitio distante para hacer creer a todos que cazaba. De este modo, Huácac estaría desconcertado. Se acercó al lago y, sin hacer el menor ruido, se hundió en el agua. Nadaba silenciosamente... Sopló un fuerte viento que rizó la superficie del lago. Mejor. De este modo no se vería el oleaje que hacía al nadar.

    Le faltaba poco para llegar a la orilla, más de pronto notó que tras de él, acercándosele, surgía una cabeza oscura, y Sinchi se apresuró. Ya tocaban sus patas el fondo del lecho del río, cuando sintió un gran dolor en el anca. No se equivocaba: era Huácac... Había cerca unas raíces y con las garras se prendió de ellas. Era ya tiempo, porque el caimán lo vencería en su elemento. Hizo Sinchi un supremo esfuerzo y salió a tierra firme arrastrando al pesado caimán, que hacía esfuerzos para arrastrarlo en sentido contrario. Sinchi se volvió rápidamente y clavó sus garras en el cuello de Huácac. La sangre de ambos animales se mezcló. El caimán, que se sentía morir, apretó sus mandíbulas y los huesos de Sinchi crujieron al romperse. Un zarpazo más, y Huácac expiró. Con los dientes apretados, Sinchi también moría. Pero antes reunió las fuerzas que le quedaban y lanzóun rugido sonoro que hizo saber a todos los animales que Sinchi había muerto como un guerrero.

    Al oír el rugido, acudieron los cocuyos de ojos luminosos y rodearon el cuerpo de Sinchi a modo de pequeñas luces funerarias.

 

Tomado de Cuentos Amazónicos de Humberto del Águila Arriaga