LA SANTA PACIENCIA

 

    Cuando en uno de mis viajes por vía aérea nacional debí esperar por largas horas que éste se realizara, pude constatar cómo el grupo humano que me acompañaba e igual que yo padecía del crónico mal de la espera, se revestía de la paciencia, la “santa paciencia” según reza el dicho popular que nos trae la imagen de Job, personaje bíblico que, tras largas pruebas divinas, encuentra el premio a su tolerancia.

    Nuestro premio sería viajar… pero antes deberíamos esperar largas horas. Las señoras viajeras habían llegado temprano luciendo elegantes prendas, tacones altos y tocados exquisitos; los señores, enérgicos, maletín en mano y rostro sonriente; algunos niños jugueteaban en la sala donde todo era risas, abrazos, saludos: “Feliz Navidad, saludos a la familia”…

    Los amigos despidientes, siguiendo la rutina acostumbrada habíanse retirado deseando parabienes por el próximo año nuevo. Los despedidos, el grupo y yo, confiados en que “de un momento a otro llegaba el avión”, nos acomodamos en las sillas de espera del aeropuerto a departir animadamente. Había tema para largas horas, pero nunca imaginé que agotaría la charla y el avión… no llegaría. Poco a poco, mientras mi charla decaía, acompañada de algunos reprimidos bostezos para no incomodar a mi interlocutor, quien con atención seguía la conversación, noté, en rápido paseo con la mirada por la sala de espera, que los viajantes, luego de haber preguntado hasta el cansancio por la llegada del avión con respuesta infructuosa, se habían acomodado en franca actitud de dormir un rato.

    La sala, paulatinamente, empezó a quedar en silencio, los niños como pudieron se repantigaron en las sillas incomodísimas y duras; los mayores, damas y caballeros, perdieron por fin la compostura, ganados por el cansancio y la espera. Vestidos y tocados habíanse echado a perder; aunque otro caballero, se había quitado los zapatos y roncaba como un bendito. Los accesorios de mano servían de ocasionales almohadas y, de rato en rato, algunos se levantaban:

    -¿Ya salió el avión de Lima? –para regresar luego cabizbajos, cansados y dispuestos a no claudicar en la espera, a acomodarse para seguir tratando de dormir.

    Mi interlocutor, joven profesional médico que luego de participar en un seminario taller regresaba a la capital, también se acurrucó en el asiento, perdida ya la erguida postura inicial.

    En un momento en que, ganada también por la abulia y luego de dormitar apoyada en la mano cual pose reminiscente de “El Pensador” de Rodín, me volteé y vi a mi amigo en sueño profundo y con la boca abierta haciendo un ruidito característico que me anunciaba una plácida inconsciencia. Me levanté y fui al lavabo dispuesta a recomponerme la fachada.

    Todos estábamos muy molestos, pero tan cansados, de sueño y aburrimiento que no teníamos energías para protestar.

    Luego de siete horas y media de espera, el perifoneo característico anunciaba que “ya venía el avión”.

    En este momento ya muchos habían despertado de su incómodo sueño; recobradas las fuerzas se inició la protesta nuevamente, la misma que fue oportunamente acallada por el perifoneo. Aún nos quedaba una hora y media de espera, pero la paciencia había triunfado de nuevo: “¡Llegaría el avión!”

    Ya instalada en el avión que ¡por fin! nos llevaría a nuestro destino, observé rostros contentos, felices; las protestas eran mínimas atenuadas por la presencia del avión, algunos se quejarían en Lima, otros; a la prensa local, pero los demás se sentían contentos porque la espera llegaba a feliz término.

    Fueron 9 horas de espera, pero como en otras circunstancias siempre la paciencia da sus frutos.

 

Tomado de Provinciana de Selva Morey Ríos