EL VIOLINISTA

 

Había un hombre que vivía en Huambo, lo llamaban Shante, aun cuando su verdadero nombre era Santiago; su casa era un subterráneo con techo de calamina y adornaba a esta especie de cueva una vieja linterna, una lámpara, unos paraguas y algunos antiguos objetos más.

En el pueblo era conocido por su habilidad para arreglar joyas; usando una vasija de metal antiguo; también por ser un gran violinista que brindaba su arte en los velorios de manera gratuita.

Brando, un perro color tigre, de ojos marrones, era su compañía. Lo encontró dentro de una caja de cartón en medio de un frondoso arbusto, al parecer fue abandonado por alguna persona por motivos desconocidos.

Después de algunos años, tal vez dos, Brando, convertido en un respetable perro, acompañaba a Shante a los velorios y permanecía sentado a su costado. Fueron tantas veces que acudieron juntos que Brando aprendió a acompañar las notas musicales que brotaban del violín con aullidos, dando colorido a la labor de Shante.

Shante solía acudir con Brando y su infaltable violín a la plaza principal para narrar historias y anécdotas. Un día contó que por el año 1957 un hombre quiso vengarse del alcalde Octavio Meléndez y con una sierra cortó la campana de la iglesia principal. Fue un hecho que conmovió al pueblo, de inmediato Shante se dirigió al alcalde y le ofreció arreglar la campana, después de unos días cumplió con su promesa y el pueblo recuperó la alegría.

Un día perciben un escándalo que provenía de una avenida llamada Barrios Altos, donde vivían unas personas que se tenían una especie de odio. Llevados por la curiosidad Shante, Brando y su violín se acercan y logran escuchar que un grupo de vecinos acusaban a Brando de comerse sus gallinas. Shante sabía que era falsa esta acusación y les dijo:

-Primero les hubiera comido a ustedes que parecen ser gallinas.

El grupo miró en silencio. Shante prosiguió:

-Acusan a Brando sin haber comprobado nada, además él solo come lo que le doy.

-¡Vámonos de aquí!

Shante se acomodó el pantalón y el saco que tenía puesto, cuyos bolsillos estaban llenos de cosas que solía coleccionar.

Brando antes de irse con su amo, dirigió su mirada a todos y gruñó en su defensa. Después de este problema, Shante y Brando se retiraron al caserío de Santiago para vender o cambiar algunas lámparas. Luego de haber caminado casi media hora llegaron a casa de Matilde, una mujer que tenía una familia humilde pero de gran corazón.

-Hola, cómo estás Shante. Has llegado como adivino porque me encuentro mal de salu.

-Te he traído algunas lámparas, de repente puedes comprar alguna.

-Imposible, no tengo ni un céntimo, ni siquiera puedo comprar mi medicina.

-No te pido dinero, solo un poco de alimento para mí y para Brando.

-Si es así, siéntate.

Matilde busco los platos y cubiertos y se apresto a servirles una sopa de yuca, el único plato que había cocinado.

-Gracias Matilde.

Inmediatamente Shante se sacó la gorra y dio gracias a Dios por el alimento servido.

Brando también en agradecimiento se da tres vueltas alrededor de su plato.

Durante la comida, Shante le ofreció a Matilde una pomadita hecha por él, para que se frote en el lugar donde siente dolor.

-¡Ah!, hasta curandero te has vuelto.

Y Matilde y Shante empezaron a reír mientras Brando aullaba.

Después de muchos meses Shante fue invitado a un encuentro de pastores que se realizaría en la Diócesis de Chachapoyas.

Una gran alegría lo invadió; pero se puso muy triste porque por primera vez tenía que separarse de Brando.

-Voy a regresar pronto- le dijo.

Como presintiendo algo malo, Brando empezó a jadear.

-Te prometo que la próxima te llevo. Si es necesario nos quedaremos a vivir allí.

Shante trataba de consolarlo, lo acaricio y le cogió una pata como si se agarraran de la mano. Era una tierna escena, parecían dos inocentes cachorros en una madriguera. Se fueron a caminar para relajarse, pero Brando seguía triste.

-¿Qué te pasa amigo?

Brando solo se puso a ladrar. Shante comprendió que Brando no quería separarse de él, como si tuviese un mal presagio.

Era duro para los dos, pero tenía que distanciarse por unos días. Shante decidió dejar a Brando en casa de su primo Eleodoro. Llegó el día de la partida y se despidieron como grandes amigos que eran, no faltaron las lágrimas.

Shante sacando fuerza subió al bus que lo llevaría al tan ansiado encuentro de pastores.

El camino presentaba diversos paisajes y Shante admiraba cada lugar con gran placer. De pronto el bus salió de la carretera y cae en un precipicio profundo al atardecer. Shante murió acompañado de su violín. Huambo se cubrió de luto por todos los fallecidos. En la noche, llegaron los cadáveres y como si la naturaleza ayudara a poner más trágico el ambiente, la luna no se aparecía y la oscuridad era total.

El llanto desgarrado de los familiares rompía el silencio, unas gruesas gotas de lluvia caían mojando el ambiente.

Shante estaba inmóvil en un ataúd y fue velado en casa de un familiar.

Todos rezaban y Brando, al lado del cadáver de Shante, aullaba y ladraba como si cantase a su fiel compañero y como Shante le enseñó.

Uno de los asistentes dijo:

-¿Por qué está tan triste este velorio?

Eleodoro, el primo, contestó:

-Porque falta Shante, ¡el violinista!

Aquella noche un temblor sacudió el lugar, todos salieron corriendo menos Brando que no se separó de su fiel amigo Shante.

Eleodoro decidió llevarse a Brando, al verlo triste y sin haber probado alimento durante todo el día. En casa de Eleodoro, cada uno ingirió un poco de alimento para después irse a la cama. En la madrugada, a eso de las cinco de la mañana, Brando rascaba la puerta de la casa. Eleodoro salió a ver lo que sucedía y encontró a Brando temblando en la acequia cercana.

Alguien lo había envenenado. Eleodoro lo cargó y lo llevó a la cocina, intentó darle abrigo y el medicamento que estaba a su alcance.

Brando dirigió su mirada hacia Eleodoro y dio un salto llegando a coger con sus patas delanteras el hombro. Era el símbolo de un abrazo como queriendo decir:

-Al fin me voy a encontrar con mi compañero el violinista.

Así, dio su último adió a la Tierra.

Los tres fieles amigos, Shante, Brando y el violín tuvieron un triste final y juntos fueron enterrados.

Un coro de la iglesia acompañaba, la campana daba sus lastimosos sonidos (din dong …din dong …din dong) y el pueblo los acompañó hasta la sepultura donde los esperaban con flores de los mejores jardines del pueblo.