LA QUINTA ESTACIÓN

 

    Era imposible precisar si era o no un animal, parecía una rama trunca carcomida por el tiempo parasitando en un tallo. Así esperaba inmóvil que la noche arrugara su manto para dejar pasar los pri­meros y atrevidos rayos de luz, que trochaban la venida del sol. Su espera era una mezcla constante de deseos y esperanzas. Pues, desde que abandonó el cascarón para sentir la vida a través de la selva, sintió penetrar en su áspera y rugosa piel ese lejano canto que le conmovía al clarear el día y morir la tarde.

    * —¡Fiu, fiu, fiu, uuucuaaatooo, fiu, fiu!

    Con humildad aprendió que cada día la selva decía algo nuevo y el ucuato le había ense­ñado con su melodía a traducir ese mensaje.

    Porque su canto cortaba el hilo del silencio y abría la puerta del laberinto enredado y bulli­cioso que cubría cada segundo de sol. La lle­gada del día permitía al camaleón abandonar la cárcel de la noche y continuar su búsqueda. Giraba su arrugado cuerpo y bajaba del árbol, silencioso, abriéndose paso entre las efusivas lianas para continuar buscando el nido del ucuato, donde encontraría el origen del canto.

    Antes que todas las aves el ucuato despertaba en su arcilloso nido. Sacudía sus marrones plumas y volaba a la rama más alta de la ocuera. Desde allí dibujaba su canto en la página verde del bosque. ¡Qué lejos estaba de imaginar que un humilde y parsimonioso camaleón trataba de llegar junto a él, desde hacía días, deseoso de transmitirle el secreto que iba a cambiar el comportamiento de los hombres con la naturaleza!

    Heredero de siglos de meditación multico­lor, el camaleón, a fin de no interrumpir la trascendental misión de su especie, abriga­ba la idea de unir en una sola ave el canto más bello con el plumaje más colorido y her­moso. Por eso debía encontrarse con el ucuato. Juntos, bajo un atardecer pincelado de arco iris, las plumas marrones y opacas del ave iban a recibir los miles de colores que el camaleón había acumulado en su tosca y arrugada piel durante siglos.

    Así, esta ave, mezcla de todos los componen­tes de la naturaleza, iba a emitir un canto capaz de envolver a todo el planeta, dotando a los hombres de la facultad de sentir con los poros el mensaje de vida de las plantas, los animales, el río, las mariposas, las cochas, originando entre todos un pacto silencioso de eterno respeto, durante las cuatro estaciones del año.

    Después de recorrer un trecho al contacto de hojas caídas, el camaleón decidió subir a una capirona. El lustroso y resbaladizo tallo del árbol le impedía el ascenso. Pero a fuerza de insistencia y empeño logró llegar a la primera rama, cuando ya la tarde inquietaba al día. Miró los escurridizos colores del cielo y supo que pronto partiría el sol, acompañado de la melodía del ucuato. Cambió de color y esperó.

    —¡Fiu, fiu, fiu, uuucuaaatooo, fiu, fiu!

    Al escuchar el canto, el camaleón dirigió sus pensativos ojos hacia el horizonte. Compro­bó que la melodía venía desde la ocuera que se dibujaba al margen del monte, junto al camino aparecido algunos días atrás. Como la distancia era larga resolvió esperar la maña­na para llegar a ella, pues la oscuridad se es­taba apoderando del bosque. La noche se le convirtió en una oscura eternidad, fuera de todo tiempo, y su innata calma se fatigaba ante la posibilidad de lograr lo que estaba bus­cando. Cada minuto le hacía paladear amar­gura, le invadía el recuerdo imparable de todo lo trajinado y felicitábase de su triunfo. Por fin lograría lo que tanto buscaba.

    —Pronto llegará la mañana— pensó.

    Amaneció. No era una mañana cualquiera. No pudo descender de la capirona, porque le impedía un activo movimiento de hombres que con sus filudos machetes estaban cortando los árboles, destruyéndolo todo.

    —¡Aquí sí va estar buenazo el cocalito!

    —¡Sí, pues! Como es medio lomita, lindo va a crecer.

    Siguió la faena trágica. El ucuato había vola­do sin tener tiempo de regalar su canto, pues todo había cambiado. Los machetes silbaban en el aire y con golpes secos lo arrasaban todo, haciendo crecer la herida a cada minu­to. Eran diez hombres los que incansablemente movían sus brazos con energía, desespera­dos por la riqueza. El camaleón contemplaba inmóvil cómo avanzaban y un grito se ahogó en su garganta cuando vio que cortaban el tallo de la ocuera, donde vivía el ucuato. El nido se rompió regándose en pequeños terrones, mientras dos frágiles huevos derra­maban al sol dos pequeños polluelos de vidas truncas.

    El camaleón lloró lágrimas multicolores y com­prendió aterrado que los árboles caídos aleja­ban para siempre la melodía que alimentó su vida y la posibilidad de sensibilizar a los hom­bres. Al llegar la tarde la destrucción dominaba el ambiente, y en la selva muda agonizaba la vida. Solo quedaron él y la capirona, en medio de un campo destruido por la codicia.

    —Otro día vamos a traer motosierra para derribar esta capirona, con machete es imposible.

    Cuando escuchó esta sentencia decidió no bajar nunca. Era mejor sentir el aire en la helada trompa que bajarse y huir. No era cobardía. Era una decisión solidaria. Porque si se había destruido a la naturaleza, era mejor morir junto con ella. Y así fue. Pasaron los días, hasta que una mañana cayó desde lo alto un pequeño ser reseco. Había muerto humildemente por amor, anunciando la llegada de una fatídica quinta estación, aún sin nombre.

Tomado de La Quinta Estación y otros caminos que se alejan de Edwin Rojas Meléndez

 

 

 

 

    Desperté con un gran ruido, los gritos desgarradores se oían cerca, traté de abrir mis ojitos; casi lo logré, de pronto me di cuenta que mamá se fue ¡Me dejó solo! Y yo quedé entre ramas y ramas, lleno de terror en medio del alboroto; sollozando pregunté: ¿Por qué te fuiste mamá? ¿Qué pasó? ¿Qué fue ese ruido? ¿Por qué los árboles caían? ¿Por qué había seres extraños?... no había respuesta, me había quedado solo, muy solo.

    De pronto y sin saber de dónde, unas manos sudorosas agarraron de mí, eran muy grandes y con ellas envolvían mi pequeño cuerpecillo, me cogían muy fuerte; lo miré y de su cara caían gotas grandes, eran como de lluvia; a este ser extraño nunca lo había visto y me dio miedo, mucho miedo; ¿Por qué me miraba sonriendo mientras yo temblaba cuando me tenía entre sus manos?

    Con mis alitas aún pequeñas y mis plumas como pelos, intenté volar y ¡lo logré! ¡Logré escapar de las manos de aquel extraño!, ¿saben? Pero me caí, ¡Cómo dolió!; no importaba el golpe ni el dolor; más fuerte era el temor de volver a las manos del extraño, así que volé y traté de esconderme entre los árboles caídos.

    Desde mi escondite veía a extraños venir tras de mí y yo ahí sin poder escapar; agite mis alitas, una y otra vez y avancé un poco, ya no habían árboles, todos estaban caídos; ¡mi casa estaba destruida! –Pensé ¿Qué les hicimos a estos extraños para que nos hagan esto?

    ¡Les aseguro, yo vivía  en un hogar feliz!, ahora, mi casa se había arruinado; vi atrás y solo había desolación; todos se habían ido y yo estaba ahí; venían hacia mí extraños que nunca conocí, ¿Por qué querían agarrarme? ¿Acaso me conocían? O ¿Mamá les mandaría a cuidarme? ¡Qué hago!, me decía. Ellos me daban miedo, no quería que me alcancen; ¿Para qué me quieren si yo no los quiero?

 

¡¡Mamá ven!! ¡¡Ven por favor!!

¡¡Mamita!! ¿Dónde estás?

¿Dónde te has ido?

¿Acaso me abandonaste?

    Ahí escondido, temeroso; sudando lleno de terror y paralizado por conocer a seres extraños que venían a buscarme, los escuché conversar mientras movían rápida y furiosamente las ramas de los árboles tratando de encontrarme, ellos decían que les pagaban muy poco, que el dueño de la empresa se hacía cada vez más millonario y que era muy malo.

    –¿Saben? Yo trataba de entender y me preguntaba ¿Quién pagaba a extraños para destruir mi bella casa? ¿Quién era el dueño de la empresa? ¿Acaso mi madre y yo teníamos la culpa de la ambición desmedida de estos seres extraños, que acaban con mi hogar y avanzaban sin temores?, veo todo acabado y me pregunto: ¿Esto  llegará a su fin? ¡Nadie me contesta! ¡¡Por qué nadie hace nada  para parar la destrucción de mi bella casa y evitar la ambición desmedida de seres extraños!! Estos seres extraños destruyen y matan, ¿Estarán autorizados para hacerlo?, ¿Por qué? ¿Quiénes son? ¿Acaso todos ellos son destructores?

    Mamá, contesta por favor!; desapareciste entre las nubes y por más que alzo mi cabecita no te veo; ¿Acaso tú también mentiste? ¡Sálvame! ¡Sálvame  que vienen por mí!, ¡Sálvame, sálvame por favor! De pronto estos extraños me habían rodeado, eran muchos, yo aterrorizado por sus rostros sudorosos; moví mis alitas una y otra vez y lo logré, volé más y más alto cada vez.

    ¡Ya nunca me alcanzarían!, alcé vuelo y fui en busca de mamá, la encontraría, ella estaría en algún lugar. Volé y volé y luego de un largo vuelo, a lo lejos vi un lugar hermoso lleno de árboles, parecido a mi hogar; ahí estaba mamá.

    Me estaba esperando, la veía agotada y muy débil, sus ojitos enrojecidos y llorosos se abrieron más y más; al verme, su rosto se iluminó de alegría y con un canto muy hermoso me dio la bienvenida.

    Teníamos un nuevo hogar, yo era muy feliz; mamá estaba conmigo, era inmensamente feliz, ¿saben? Sin decirle a mamá pensé: ¿Esos seres extraños algún día llegarán aquí? ¿Habrán seres extraños que piensen en construir bellos hogares y no en destruir? ¿Podríamos mi madre y yo tratar de proteger este hermoso lugar lleno de árboles?... Cerré mis pequeños ojitos, abrace a mamá y me refugié entre sus lindas alitas, escuchando el latir de su corazón, era mejor no responder y ser feliz, inmensamente feliz.

 Tomado de Sueños amazónicos para conservar nuestro ambiente.