EL DIESTRO GOLPE DEL

“MAL AIRE”

 

“¡¿Cómo ya pues ha podido suceder eso con mi llullito?!” –una vez más pregunta al vacío doña Martina de Tanchiva, sentada en el patio de su casa, en Jeberos.

Sus lamentos se estrellan brutalmente contra el muro de lo irreparable.

Inundada en atormentadas lágrimas, y en medio del murmullo de los vecinos solidarios, la abuela va comprobando cómo Crispina, su engreída nieta de dos años, ingresa ya, ese mediodía, a la concluyente rigidez de los finados.

Doña Martina, con los ojos totalmente irritados, recibe las condolencias de familiares y amigos. Y por enésima vez relata la misma historia, cuya protagonista, según ella, es su propia negligencia.

Inmediatamente después de la expiración de Crispina, la familia envió a un propio para que diera aviso a los padres de la fallecida, en el caserío de Canoapuerto. El trejo Benito Mozombite Tananta, viajando a paso firme y cortando camino por Varaderillo y Balsapuerto, gracias al natural mapa mental con que suelen nacer los auténticos montaraces, estima llegar a su destino luego de dieciocho horas, a la madrugada del día siguiente.

La inconsolable mujer, sentada en un duro banquito de lagartocaspi, tiene por última vez a su nieta en su regazo. La cubre de lágrimas al besuquear su rostro y sus manos, exigiéndole con verdadera impotencia algún tipo de respuesta que le borrara esa fisonomía que otorga a los seres humanos la extinción definitiva de la vida.

“¿Cómo ya dizque no hay telégrafo así de Jeberos a Canoapuerto, di?” –medita Mozombite Tananta cruzando su machete en la cintura hacia la espalda, tras el reinicio de su marcha forzada. Tendrá que abrir más trochas entre la maraña para aligerar la ruta.

Cada cinco minutos la abuela se descongestiona la nariz presionándola con los dedos de su mano derecha y se seca en un pañuelo azul floreado que guarda al interior de la manga izquierda de su blusa o cotona. De acuerdo al estilo peculiar del vestir, el largo de esta prenda –de color ocre, adornada con tres hileras de grecas verdes al borde del cuello y de las mangas que le llegan hasta la mitad de cada antebrazo- está por encima del ombligo, o pupo, para que éste quede al descubierto. La falda, en cambio, ha sufrido ya la mimesis del vestir de la mujer blanca de la ciudad, o wiracucha: es vueluda, de tafetán negro con estampados de grandes flores rojas.

La mujer conoce muy bien que el suceso de la víspera por la tarde había estado fuera de su control, pero ni aun así su desdicha deja de ser completa. Para ella no existen atenuantes a su favor.

Carpintero de buena madera, don Amador Acosta toma las medidas de la criatura delante de los perdidos ojos de doña Martina. Imperturbable como siempre, hace sus cálculos en pies cúbicos, clavos, lija, cola y sapolín blanco; y trata de cuadrar un razonable precio por el ataúd.

Es imposible que la abuela amengüe su aflijido llanto, el cual realimenta cada vez que recibe un pésame. Conforme a sus propios sentimientos, ella no puede perdornarse por haber sido ncapaz de conjurar el daño que, involuntaria e implacablemente, habíale inferido a su pequeña, a cuyo cuidado estaba consagrada.

Lejos de allí, ajenos a la desgracia, los padres de la difuntita cumplen una ardua tarea. Después de recolectar el látex del caucho, lo convierten en inmensas bolas de jebe de varias capas.

Los esposos Mapuche Cachique y su hija mayor, Dackré, arreglan la sala mortuoria con cadenetas blancas y moradas de papel crepé. Hablan en voz bajita, pacallita, para no profanar el espíritu fúnebre del recinto. Con una sábana percudida cubren la única mesa familiar donde habrá de ser colocado el cuerpo inerte de la finadita.

Falta por lo menos un par de sábanas para el dosel del catafalco. Esas prendas, bien limpias, serán proporcionadas por la vecina, doña Teodolinda Sangama de Isuiza. Por ahora se secan al sol en el pasto contiguo. Más tarde, asentadas con plancha de carbón, formarán parte de la capilla ardiente.

“¡Ayyyy, Dios miiiíto! ¿Por qué ya pues no me eché en la cara, el pecho y los brazos unas gotiiiitas de agua floriiiidaaa antes de encontrarme con mi Crispiniiiita la última vez? Eso hubiera siiiido la salvación de mi huahuiiiita pues… ¡Tan ashishiiiita y ya muertiiiitaaa!, ¡ayyyy, Dios miiiíto, quééé ya vuelta les voooy a deciiiir ahora a sus paaadres!” –se increpa la abuela, secándose los humores de su rostro con la manga de su propia blusa.

La mortaja de Inmaculada Concepción para Crispina, y su corona de flores de seda blanca, de princesa celestial, son confeccionadas en casa de la costurera Amalita Fasavi.

Sobre algunas sillas prestadas de la vecindad, descansan varios paquetes de velas y tres cajitas de fósforos.

“Qué se va a hacer pues, cumita. Así es cuando Diosito dizque dispone lo que debe suceder. Aunque huambrillita nomás la Crispinita, tempranito su hora ya era, cumita” –trata de consolar a la abuela su comadre Ashusha Fasanando al tiempo que, reiteradamente, le palmea los hombros.

En la cocina, entre tanto, la tía Macoya Tuanama imparte las órdenes necesarias para que durante el velorio hubiese una adecuada distribución: de las ruedas de negros cigarrillos mapachos –un ciento en cada rueda-; del café, que será acompañado con rosquetillos, maicillos, angos, ñutos, suspiros, puchucos y sunitortillas; del aguardiente de caña con chuchuhuasi, o chuchuhuasha, para ahogar el sueño; y de las gallinas y las yucas, para la estimulante sopa de la madrugada. Honrando la fraternal costumbre, casi todos los víveres son donación de los vecinos.

El juego de bingo ha de ser insustituible; si bien el de la familia tiene viejos cartones, en cambio hay frejolitos hasta de repuesto para que nadie se queje de fallas en sus anotaciones. Por si se presentase la oportunidad de utilizarlos, también hay dos juegos de naipes.

“En verdadeciiiita cumiiiitaa –continúa Martina con frases plañideras-, yo no tenía aaagua floriiiida. ¡Pero aunque sea perfuuume o tal vez un poco de cachaaaza ya pues me hubieeera echaaado en mi cueeerpo aaantes de venir a la caaasa, hom! ¡Aaayyyyy, Diosiiiito mío, qué maldiiiita soy ya vueeeltaaaaa!” –prosigue en sus lamentos, adjudicándose nuevas dosis de culpa y volviendo a liberarse, a su manera, de su saturación nasal.

El tío Telésforo Tanchiva, por su parte, realiza en el Concejo distrital los trámites funerarios de rigor, con ribetes especiales. También contratará al tamborilero-pifanero y al violinista, quienes buscarán de reconfortar el duelo acompañando a los danzantes cuando rindan su último adiós a los inertes despojos de la  huambrilla yacente. Y todos cantarán en un coro agónico:

 

Así es, pues, la Vida Eterna:

Ya te vas con todos tus hechos;

para ver a Taita Dios,

sentado en su trono de Gloria.

 

El velorio deberá durar dos días más hasta que los esposos Tanchiva Tuanama, padres de la finadita, arriben desde Canoapuerto guiados a través de los atajos que la habilidad del fiel Benito Mozombite iba trazando.

 

Tomado de La inocencia del grillo cantor de Wálter Meza Valera

 

 

 

   

 

 

 Nací en los suburbios de la ciudad de Iquitos, pero fui criado en plena selva amazónica. Mi nombre es Matías, tengo 8 años de edad y soy un perro.

    Me trajeron a la selva cuando tenía un año, para cuidar la chacra de mi amo.

    Allí me trataban bien, me alimentaban con carne de sajino o de majás y me servían leche de las vacas que criaban. Mi vida era de lo más feliz.

    Mi patrón, un hombre agradable y trabajador, vivía feliz con su mujer y sus cuatro hijos, tres varones y una niña. Disfrutábamos de muchas comodidades. Vivir tanto tiempo en la selva se convirtió en parte de mi vida.

    Sin embargo, las penurias empezaron cuando la mujer de mi patrón lo abandonó, llevándose consigo a sus hijos. Desde aquel día, él, de ser una persona alegre, se convirtió en alguien adusto y malhumorado.

    Aún me carcome en la mente el recuerdo de aquel trágico día en que una torrencial lluvia eléctrica destruyó la chacra y mató a muchas vacas.

    Esa fue la causa por la que mi patrón decidió regresar a la ciudad de Iquitos, buscando un nuevo futuro, llevándose con él todo lo que había sobrevivido a la tormenta y abandonándome en plena selva.

    Nunca entenderé sus motivos para dejarme sólo, pero de algo estaba seguro, jamás lo volvería a ver. Desde entonces tuve que valerme por mí mismo.

    Solía esconderme entre matorrales y huecos en la tierra, detrás de árboles, por temor a encontrarme con una fiera salvaje.

    Al final, logré vencer mis temores y me aventuré a buscar alimento en la mágica selva.

    Me alimentaba de frutos, cazaba pequeños animales y dormía al lado de los árboles de guaba que me proporcionaban sombra. Pronto me acostumbré a ese ambiente. Me hice amigo de un maquisapa y de un paiche que habitaban en las orillas del río Amazonas. Pasé muchos años llevando esta vida, no quería cambiarla por nada. Amaba el caudaloso río, los grandes árboles, el ardiente sol y todas las criaturas del bosque. Un día escaseó la comida, y viajé con el maquisapa y el paiche a buscarla en otra parte.

    Fue cuando oímos un ruido ensordecedor, como el rugido de mil otorongos; nos asustamos mucho, pero igual fuimos a ver qué pasaba. Vimos unos quince o veinte humanos con extrañas máquinas que al tocar los árboles, los derrumbaban. Uno de ellos me vio y me lanzó una pepa de aguaje: -    ¡Fuera de aquí, perro sarnoso! gritó, y eché a correr con mis amigos.

    En nuestro ambiente nos pusimos a conversar acerca de los humanos y de su comportamiento. Les contaba que antes, un humano realmente bueno me cuidaba y me brindaba todo su afecto y cariño.

    ¡Patrañas! refunfuñaba el viejo paiche.

    -¡Los humanos son unos seres insensibles que destruyen los bosques y nos matan para comernos! ¡No pueden tratar bien a un animal!

    -¡No estoy de acuerdo contigo! –contesté. –Creo que si los humanos se lo proponen, pueden hacer del mundo un lugar mejor. ¡Vas a ver, amigo, que se sensibilizarán y dejarán de destruirnos y destruirse a sí mismos!

    Unas semanas más tarde me reuní con el maquisapa en el lugar de costumbre, pero nos preocupamos porque el paiche no llegaba. Fuimos a buscarlo y nos sorprendió lo que encontramos: el agua estaba bañada con un tinte negruzco, todos los peces estaban muertos, entre ellos mi gran amigo el paiche. No pude contener las lágrimas al ver tan espantoso paisaje. El maquisapa y yo regresamos a casa. Días después, jugaba con el maquisapa cerca del río, cuando oímos pisadas que se acercaban y voces de humanos. Ambos les guardábamos rencor, pues causaron el derrame de petróleo que acabó con la vida de nuestro querido paiche. Al verlos emprendimos veloz carrera para huir, pero nos persiguieron y atraparon al maquisapa.

    Él chillaba aterrado, nada pude hacer para cambiar su destino, se lo llevaron y nunca más lo volví a ver. Lloraba mi suerte, pero no me rendiría, ¡no!, ¡iba a salir adelante! Desde entonces, amaba mucho más la selva, mi hogar, y hacía todo lo posible para cuidarla. Cada vez que veía a un humano sentía una ira indescriptible, pero hasta allí llegaba, no lastimaría a nadie, pues yo no era como los hombres.

    Una mañana calurosa estaba comiendo frutos de pomarrosa cuando escuché nuevamente el ruido de mil rugidos de tigres; observé que muchos humanos estaban derribando montones de inocentes árboles.

    No pude resistir más. Me abalancé sobre el primer hombre, y estuve a punto de atacarlo, pero, vi su rostro y me detuve -¡Matías!- exclamó mi patrón sorprendido. No sabía qué hacer, odiaba a los humanos, pero sentía un profundo amor por mi patrón.

-‘Ven Matías! Te llevaré a casa.

    Mudo y ensimismado en mis propios pensamientos, lo seguí. Me preguntaba: ¿Qué rayos estaba haciendo mi patrón cortando árboles como aquellos otros humanos, brutales destructores de vida, siendo él tan bueno?

    Subimos a una lancha que estaba cerca y viajamos rumbo a Iquitos. Fue allí donde recobré la conciencia, me di cuenta que me estaba alejando del lugar que había sido mi hogar por más de siete años. Comencé a inquietarme, queriendo bajarme y regresar a mi hogar. Di vueltas alrededor, y cuando estaba dispuesto a meterme al río e ir nadando al bosque, mi patrón me sostuvo y evitó que lo hiciera. En el trayecto a casa me contó que estaba en bancarrota y que tenía que trabajar como leñador para dar de comer a sus hijos. Llegamos a su hogar, una humilde casita por la carretera Iquitos-Nauta.

    Entonces comprendí porqué el destino me había hecho regresar a la ciudad había llegado mi turno de hacer algo por mi bosque. Mi patrón de vez en cuando iba al monte a talar árboles. Poco a poco fui convenciéndole que dejara de acabar con la vida del bosque. Finalmente lo dejó para dedicarse a la agricultura. Volví a la selva a cuidar la nueva chacra de mi patrón, en la cual le iba muy bien; esta vez las cosas habían cambiado, mi patrón todos los días iba a la parte más espesa de la selva y sembraba un árbol en cada nuevo amanecer, un ejemplo que fue imitado por otros hombres para vivir en armonía con la naturaleza.

 Tomado de Sueños amazónicos para conservar nuestro ambiente