El arte coral de la maestra Nancy Dunn en Iquitos

 

 

Fernando Saavedra

 

 

 

"Para cantar se necesita tener la garganta abierta y relajada; luego, sin tensión alguna, el aire sale desde el abdomen, resonando como una vocal pura que llena plenamente el espacio: ¡HUUU! ¡Vamos, haz este ejercicio!: ¡HUUUUU!". Intenté, algo escéptico, imitar la forma ligera y ahuecada de emitir vocales  que la profesora Dunn trataba de enseñarme: hu... huuuu… ¡huuuuuuuuuu! De joven descubrí que la buena música me conmovía muy hondamente, como a todos los mortales. La escucha frecuente de ella y la oportunidad que me brindó el Coro Polifónico de Loreto, acogiéndome entre sus tenores, alentaron mis empeños de crear música con mi bronca y débil voz; mas las habituales audiciones de las anchas y baritonales voces de Enrico Caruso y de Plácido Domingo me habían hecho creer que bastaba con engrosar el timbre y dotarle de una mayor resonancia para poder cantar como un tenorete aceptable. Pero luego, las notas agudas estrangulaban las ansias de mi vehemente canto, negándole el ascenso hasta la plenitud de las alturas líricas. Fueron necesarios muchos ¡huuu! para poder dar un buen ¡HUUUUUUUUUUUU! alto y sonoro. Sí… ¡Sí! ¡Esto era! La bella mañana en que la maestra Nancy Dunn me cantara este ejercicio y me animara a repetirlo entendí todo lo que había estado tratando de enseñarme: Ese era el famoso paso de la voz de pecho a la de cabeza, la que me hizo sentir a las notas altas vibrando suavemente muy adentro de la nariz.

 

La profesora Nancy Dunn poseía una bonita voz, de limpio timbre de soprano ligera, con la que solía mostrarnos cómo cantar desde que se hizo cargo de la dirección de quienes éramos el grupo coral más importante de toda la Amazonía peruana, el gran Coro Polifónico de Loreto, que había nacido pocos años antes, gracias a una afortunada iniciativa del CETA y a la ayuda de importantes instituciones de la región. Llegó a nosotros una noche de fines del siglo XX, mientras, huérfanos de dirección, ensayábamos sólo con ayuda del tecladista, una melancólica versión coral del Yesterday, de los Beatles. Se quedó oyéndonos por un largo rato sin interrumpirnos. Al terminar el ensayo de la pieza se presentó al grupo y tuvo la gentileza de mencionar que aquella era una de sus canciones preferidas, sin corregirnos nada. Después, de entre las obras que ya sabíamos, escogió una sencilla adaptación del Himno a la Alegría para que fuera la primera composición en la que nos dirija. Atacamos algo tímidos el himno de Beethoven, pero no nos dejó seguir así por mucho rato. Dando indicaciones precisas a cada una de las cuerdas y acelerando el tempo logró que diéramos algo del brillo de la alegría a la bella y conocida composición del Gran Sordo. El ensamble de coro y directora se creó en instantes. Con entera confianza la masa coral se entregó a la batuta de una maestra de indudable calidad, músico con sólida formación de estándar internacional. Habiendo obtenido el grado académico de Doctora en Música especialista en órgano y coros, y después de una importante trayectoria artística, hacía un año que había dejado su puesto de Organista, Directora de Coro y Directora Musical en la capilla de la prestigiosa Universidad de Georgetown, en la ciudad de Washington, la capital de su país natal, los Estados Unidos de Norteamérica.

 

Fue gracias a los designios de la providencia, o a los secretos y misteriosos juegos del azar, que la pequeña y modesta ciudad de Iquitos tuvo, con la llegada de Nancy Dunn, una gran oportunidad de apreciar performances corales de alta calidad. La maestra llegó por primera vez a la selva en 1998, como turista. El ambiente natural del bosque tropical le atrajo tanto, que decidió hacer una larga estadía en él, estableciéndose en el pueblo yagua de Palmeras, río abajo en el Amazonas, ya cerca a la boca del Napo. Su interacción con los lugareños la llevó a organizar una biblioteca al servicio de la comunidad, especialmente de sus niños, a la que dedicó por trece años lo mejor de sus esfuerzos. Poco después de que se estableciera en la selva, una dichosa coincidencia hizo que la señorita Alejandra Schindler, del CETA, tomara conocimiento de su presencia en nuestro medio y que se la presentara al padre Joaquín García, director de la institución, quien descubriendo sus notables cualidades, la convocó inmediatamente para encomendarle la dirección de nuestro principal coro.

 

En Nancy Dunn contrastaba la delicadeza de su voz, su arte y su figura grácil y fina con la fortaleza, frugalidad y sencillez que necesitaba para vivir plenamente adaptada al medio rural en el que hizo su hogar. El ritmo de vida que debía mantener para enseñar y dirigir al coro y al mismo tiempo dirigir y enseñar en su remota biblioteca de la selva le demandaba viajar largas horas cada semana, a veces en las condiciones bastante difíciles de nuestro precario transporte público fluvial. Al verla llegar a un ensayo en sus sencillas sayonaras, cierta vez un director de coro de Lima que nos visitaba comentó: “Es recia, ¿no?”

 

Luego de algunos años al frente del Coro Polifónico de Loreto, la doctora Nancy Dunn dedicó un par de años más a la formación de jóvenes directores de coro provenientes de nuestra misma región. En este curso, desarrollado en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana, se formaron directores corales como el profesor Ángel Paz Grández, quien luego tomaría el lugar de la maestra Dunn sobre el podio del Coro Polifónico de Loreto. Hasta dos años antes de regresar a su país en julio de 2011, todavía siguió colaborando con el coro, asesorando a la dirección de él. El público iquiteño, que cada tanto llenaba la nave de nuestra catedral cuando el coro cantaba, recuerda con gratitud y añoranza aquella época en la que la doctora Nancy Dunn nos regalaba la maestría de su arte musical en temas algunas veces poco oídos por estas tierras, como los exquisitos Negro Spirituals afroamericanos, coros operáticos imponentes, o las perfectas armonías de los corales de Bach. ¡Dichosa música! ¡Dichosos tiempos!

 

 

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