“CETA:  40 AÑOS

DE PERSISTENTE LUCHA POR

LA IDENTIDAD AMAZÓNICA”

 

 

 Fernando Nájar Freyre

 

 

 

Miércoles 16 de mayo. Cuadra tres de la calle Putumayo, la de las altas palmeras. El pequeño letrero de bronce sin brillo con cuatro letras no anuncia ni dice nada de lo  que hay dentro  de la antigua casa cauchera y ni de lo increíble que  ha hecho el Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía (CETA) a lo largo de su historia por esta región.

 

Siempre que vuelvo a Iquitos, luego de cruzar tres continentes,  me doy tiempo para visitar este lugar y saludar por unos minutos a alguien que tengo especial respeto por su nivel intelectual y sus increíbles logros por la cultura de Loreto. Lo señalo  sin tapujos en estos tiempos de mezquindad porque en esta urbe de hoy, cada vez más informal  en términos culturales,  pocos son los que merecen consideración.

 

Debo precisar que en la turbulenta e inmoral década de los 90 fui periodista del semanario KANATARI  creado por el CETA y de alguna manera he pertenecido a él. Por lo tanto he sido testigo de una serie de acontecimientos a los que estuve vinculado. Hoy sigo pensando  que los 90 ha sido la etapa más rica y fructífera de esta Institución que fue galardonada hace algunos años con el Premio Bartolomé de la Casas.

 

Once de la mañana,  el inagotable e incansable Joaquín García con la serenidad con que recibe al bueno y al malo, me atiende amablemente en su cuartel general de CETA: su despacho. Seguro que se ha dado un descanso de unos minutos tras dilucidar la próxima edición de KANATARI porque no estaba sentado en su lugar  habitual,  donde tiene todo a la mano para conectarse con medio mundo; sino en el otro extremo de su escritorio, en el que suelen sentarse  quienes le visitan. Pareciera que descansando, al son de una taza de café y dulces loretanos, se atendiera mentalmente a cuantos llegamos.

 

Mientras se acomoda para una conversa rápida, redescubro en silencio el reducto de siempre donde todos los lunes por la mañana se planificaba la siguiente edición del semanario. “La Oficina del Padre”, ahora más grande,  sigue siendo para mí la sala más extraña y exótica que existe en Iquitos. Hay tótem indígenas, libros, la última edición de KANATARI,  afiches,  vivencias de festivales, credenciales de diálogos, propuestas, huellas de conferencias,  de luchas ecológicas y reivindicaciones,  diplomas,  pergaminos, obsequios personales, condecoraciones, periódicos antiguos, un sable republicano, rifles caucheros, retazos, muñecos, una quipa o gorrilla blanca signo de libre pensamiento y la condecoración amarilla de Isabel la Católica, que a leguas dice hasta donde ha llegado este sacerdote.

 

Algo me llama la atención: dos retratos históricos, uno de un joven loretano que adoptado y llevado  a Suecia  terminó su vida suicidándose porque lo llamaban indio y el contraste de  un recio ciudadano alemán-Carlos  Klug, símbolo de la emigración europea a comienzos del siglo pasado.

 

-“Seguimos en lo de siempre”­- me dice Joaquín. Mientras me invita el café pasado. Le entiendo perfectamente. No se puede hablar de la historia de Iquitos y de la Amazonía, sin antes mencionar al CETA. Nadie que estudie la realidad de la Amazonía  lo puede pasando por alto sus trabajos. No hay quien, en el intento de redescubrir la cultura en esta parte del país, deje de  citarlo, ya  que ha hecho grandes esfuerzos por recuperar  la identidad regional.

 

Hay pues con CETA una nueva mirada hacia la Amazonía. No sé en términos aritméticos  cuánto hizo por y para esta región olvidada por los gobiernos y mandatos de turno desde hace centurias. Pero en este trajín de 40 años es emblemático con “Monumenta Amazónica”, esa extraordinaria colección de fuentes que llama la atención del mundo cultural y que nos dijo que la historia de la Amazonía se extiende más allá de la colonia.

 

Asimismo el semanario KANATARI sigue siendo el más serio, prolijo en edición, con su periodicidad ininterrumpida desde su primer número. Es la crónica de Iquitos y  el medio a través del cual se hacen públicos los manifiestos y los editoriales contra todo aquello que sea agresión contra la selva peruana. Es un medio forjador de opinión y dedo acusador contra el pillaje y la corrupción cometidos por los de fuera y  los de dentro.

 

CETA  organizó muchas actividades culturales regionales. Quién no se acuerda de los Festivales del Libro que sacaban a la gente del marasmo y su continuidad diario para hacerles partícipe de la vida cultural como presentación de libros, exposiciones, charlas magistrales, teatro, danzas, pasacalles etc. hasta que la estrechez intelectual de un alcalde terminó con estas iniciativas y dejó de organizarse dichas actividades tan beneficiosas para la colectividad loretana.

 

Pero hay algo más extraordinario en  ese caminar de cuatro décadas: la creación de la “Biblioteca Amazónica”, una lumbrera para la ignorancia, única en el mundo después de la biblioteca de Belén do Pará y Manaos. Con sus aproximados 30 mil libros, sin contar incunables, la hemeroteca, películas y videos, fotografías es la mayor fuente de información sobre la Amazonía peruana. En ella se guarda la espada del capitán  Cervantes que quiso liberar a Loreto del centralismo limeño en abril de 1921 y los billetes que se imprimieron en esa época.

 

Vale hacerse una pregunta final. ¿En qué aspecto no estuvo presente CETA en los últimos cuarenta años? En casi todo. Cuántos libros y folletos, cuántas conferencias, seminarios, conversatorios están presentes a través de este centro. Cuánto en pintura, en música, educación, en protestas sociales, en luchas por la ecología, en el rescate de la historia, en la preservación de una milenaria memoria, en las conspiraciones anti centralistas, en la defensa de los derechos humanos, en las luchas sociales. En la llegada de Juan Pablo II, en el Fica, en el Festival del Cine Amazónico, en la preservación de los monumentos históricos, en el Coro Polifónico, en la creación del Instituto Pedagógico. Las huellas de CETA son vastas y difíciles de enumerar.

 

Once  de la mañana del miércoles 16 el principal forjador de los cuarenta años del Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía, me explica con serena satisfacción sobre un viejo sueño hecho realidad: el Centro de Altos Estudios  Amazónicos que se ha puesto en marcha hace algunas semanas. Para mí es fácil entender que el CAEA en este comienzo será un forjador de cuadros, investigadores netos  en Amazonía, semillero de gente para un mejor entendimiento, conocimiento y preservación de esta extensa  geografía. Son los que tomarán la palestra en el futuro.

 

La conversa culmina cuando irrumpe la señorita Alejandra Schindler, la fiel administradora: ¡­Padre Joaquín!, le dice, Maximino Cerezo, (otro pedestal de CETA) ya tiene un pre diseño de la carátula de la edición especial.  Opto por despedirme, no sin antes pensar que la vida intelectual es incesante en este lugar.

 

Tomo el aire contaminado de la calle y me alejo de esta casa guardadora de la memoria colectiva, pensando que lo más importante que ha logrado el CETA en estos tiempos es que la Amazonía ha dejado de ser vista por propios y extraños como paisaje inanimado y bucólico  sin vida. Hoy todos sabemos que en esta selva hay historia, hay arte, hay aspiraciones, sueños, luchas, deseos de sobresalir. Este aniversario son solamente una edad inicial: sus primeros cuarenta años. Seguro que ha quedado en el alma de mucha gente esta semilla.

 

 

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