Cuarenta años del CETA

Religión y Política

 

 

Moisés Panduro Coral

 

 

 

Arthur Schopenhauer, el filósofo alemán que quiso competir con Hegel y cuya obra fundamental ha sido catalogada como un serio intento de unir la metafísica occidental con la oriental, dice en una de sus frases más conocidas que los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto y los treinta siguientes, el comentario. Podríamos decir, entonces, que el CETA ya tiene el texto y que lo que se impone ahora es el comentario. Un texto vívido, de compromiso social, de defensa ambiental, de difusión de la palabra del hombre amazónico, de cuestionamiento a la injusticia, merece ciertamente más que un comentario, una reflexión respecto de lo conseguido hasta ahora. Pero esto último es tarea superior y hay que dejarla a los versados.

 

Desarrollar un comentario sobre los cuarenta años del CETA tampoco es un encargo fácil. Hay que tomar en cuenta la profusión de la temática, el tiempo que demandó abrir la trocha y caminarla que es el mismo tiempo que Moisés necesitó para guiar a su pueblo hacia la tierra prometida, así como los actores convocados para la obra, tan diversos en su origen y función como diversa es la vida en la Amazonía; y en cada categoría trabajada, en cada tramo del camino recorrido, meditar sobre los problemas afrontados con decisión, los deberes asumidos sin excusas, las batallas libradas con armaduras de nobleza, los trances vividos que dejan huellas intensas en al alma, las síntesis conquistadas surcando el río a golpe de remo, las incomprensiones superadas por la tolerancia y las antorchas prendidas en noches oscuras durante este peregrinar de cuatro décadas.

 

Yo sólo puedo hablar de las síntesis logradas, y dentro de éstas, de los encuentros cercanos de todos los tipos entre la religión y la política. Un cristiano católico con ojos ecuménicos inevitablemente tendrá que preguntarse cuál es la relación entre los principios de su credo religioso y las bases de su convicción política, entre los fundamentos de su fe teológica y las tesis que determinan su alineamiento ideológico; pero si fuera un ortodoxo dará vueltas en su cabeza aquello de la diferencia entre los temas celestiales, es decir los ligados a lo sobrenatural, lo maravilloso, lo divino; y los temas terrenales, traducidos como lo explicable, lo instrumental, lo intrínsecamente humano.

 

Es evidente que el CETA en estos cuarenta años ha efectuado una tarea orientada más a obtener una síntesis ecuménica que a realizar una labor ortodoxa. Nacido, crecido y desarrollado en el seno del catolicismo, el CETA ha aumentado significativamente la capacidad de alcance y resolución de los catalejos de la iglesia católica y ha profundizado hondamente en su misión de inculturación del evangelio en esta tierra nuestra, de tratamiento holístico de una realidad amazónica compleja y de juicio pluridimensional a las políticas, planes y programas de desarrollo que desde el campo del Estado se ha venido planteando y ejecutando. Esto obviamente, juega a favor de todos: del hombre amazónico y de su interno, del pueblo y de su entorno, de la religión y de la política.

 

En América Latina, y especialmente en el Perú, se ha implantado hace muchos años un alejamiento sensato entre la Iglesia y el Estado, vale decir, entre la autoridad religiosa y la autoridad política, que en modo alguno significa frialdad, desafecto, discordia o disputa, sino respeto a la autonomía. Por eso, hablar de estas dos estructuras antiguas de la historia resulta más complicado que enlazar teorías, filosofías, visiones.

 

Iglesia y Estado son sistemas que tienen burocracias, rangos, rivalidades, lucha por el poder, tendencias, posturas resultantes de legítimos intereses, sucesiones, transformaciones. Tienen siglos de formación, de enriquecimiento doctrinario, de adormecimiento también y, como consecuencia de ello, de movimientos reformatorios, de paradigmas que emergen, que caen, que se recrean. En esa dinámica, es prudente que desde el plano estrictamente institucional sean mutuamente excluyentes. Lo contrario implicaría un enfrentamiento con impredecibles consecuencias, de la que la más controversial sería la del sometimiento de uno al otro.

 

Ahora bien, ya en el plano filosófico, varios autores han resaltado el hecho de que la religión tiene un origen anterior a la política, o dicho de otro modo, la plataforma en la que se asienta la política tiene una naturaleza religiosa. La constatación de que la civilización, los imperios, se han construido sobre una visión teológica y han crecido sobre una organización teocrática es lo que valida esta interpretación. Por ende, en términos iniciáticos y filosóficos, entre la religión y la política no hay separación, segregación, ni distanciamiento, sino conexión, imbricamiento, aproximación. Y es en esta premisa en que se basa nuestra creencia de que religión y política son recíprocamente atrayentes, tienen correspondencia biunívoca, contrariamente a lo que sucede con las estructuras de la Iglesia y el Estado.

 

Porque, ¿qué es la religión? Aunque es difícil encontrar una definición que satisfaga a todos, la religión se concibe como el camino del hombre hacia Dios, de allí la creación de ritos, ceremonias, cultos, oraciones. Para otros es a la inversa, es decir, el camino de Dios hacia el hombre, un evangelio que anuncia la omnipresencia y omnisciencia de un Creador y Salvador. No faltan aquellos que atribuyen la religión al resultado del esfuerzo del hombre por establecer contacto con una inteligencia y fuerza superior o como el fruto de una ansiosa búsqueda del propósito de la existencia humana. En todas estas definiciones encontramos una escala de valores esenciales para la trascendencia del mundo material al espiritual, fin supremo de la religión. Y son estos valores y conceptos los que han encuadrado en gran parte el pensamiento político contemporáneo. La democracia, la libertad, la igualdad, la fraternidad, desde antes. La justicia social, el pan con libertad, los derechos humanos, la equidad de género, más recientemente.

 

Creo, por ello, que Carlos Marx se equivocó de cabo a rabo cuando dijo que la religión es el opio del pueblo, y aún cuando esta frase se puede interpretar de diversas maneras, es evidente que las cosas han cambiado con el transcurrir del tiempo, porque donde algunos creen ver el fin de la historia y de la política, en realidad hay una alborada que anuncia una nueva etapa; donde la argumentación servía para exponer procesos divergentes, paralelos u opuestos, hoy se  construyen teorías y filosofías que confluyen en un todo; donde antes los compartimentos, casilleros y nichos inexpugnables y los feudos ideológicos cerrados eran lo correcto, ahora se impone la integralidad del análisis y la mente abierta para la eficacia, la innovación, la creación, el entendimiento y la convivencia.

 

En la Amazonía peruana, el CETA ha cumplido una función catalizadora de esta nueva perspectiva. En su catálogo de resultados de estos cuarenta años seguro que podremos apreciar convergencia de contrarios, unidad de la diversidad, convocatoria cósmica. Se evidenciará que las leyes no deben ser eclesiásticas, ni laicas, simplemente deben ser justas; que lo mágico mítico no es incompatible con la tradición cristiana, que la distribución de la riqueza debe ser proporcional al crecimiento económico, que a la desigualdad social hay que encararla con la igualdad de oportunidades, que el avance tecnológico debe entonar los acordes del hombre y su ambiente; y que la religión no puede ser antitética a la política y viceversa.

 

 

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