FELIZ CUMPLEAÑOS: CONCIENCIA

 

Jagoba Legarreta Mentxaka

Desde el País Vasco

 

 

Corría el invierno de 1998, creo recordar. En aquel entonces me hallaba en Londres, en casa de mi hermana, pasando una temporada en la que trataba de familiarizarme con la lengua de Shakespeare. Tenía yo 29 años y estaba a punto de caducarse la posibilidad de realizar la objeción de conciencia. En España, cuando en aquella época uno no quería realizar el servicio militar se le ofrecía la posibilidad de realizar un servicio social sustitutorio. La mayoría de mis amigos decidían realizarlo en Gernika, mi pueblo natal, colaborando con la Cruz Roja. Era una idea que a mí no me atraía nada. Llevaba años fuera del pueblo y la posibilidad de volver allí para 13 meses me resultaba agobiante. Hice una entrevista en Londres para colaborar con el Instituto Cervantes pero no fui elegido: mis opciones se acababan. Entonces llegó a mis manos un listado de los destinos que ofertaba el Gobierno Español para realizar la objeción de conciencia en el extranjero y ocurrió un pequeño milagro. Entre los destinos en el extranjero aparecía uno en Iquitos, Perú, ofertado por los Padres Agustinos. Nervioso, telefoneé al número que aparecía. Hablé con la persona responsable que se encontraba en Madrid y me dijo que el puesto ya no se hallaba disponible. No desistí, le conté que hacía un año yo había estado en Iquitos (era cierto, en un viaje que había realizado por todo el Perú) y esto despertó el interés de mi interlocutor. Ilusionado me soltó: “muy bien, para ti el puesto”. Colgué el teléfono y no me lo podía creer. “No puede haber sido tan fácil”. Inmediatamente llamé al aeropuerto de Heathrow y reservé el primer vuelo para Madrid…

 

Mientras esperaba al obrador del milagro, en una sala de la sede de los Agustinos de Madrid, una revista que se hallaba sobre la mesa llamó mi atención. “Kanatari”. Comencé a leerla y observé a un tipo barbudo jugando con unos niños y que decía unas cosas que a mí me resonaban profundamente. Era el Hermano Beto. Sus palabras hondamente cargadas de espiritualidad, dichas en un lenguaje que a mí me resultaba familiar, alimentaron mi sentimiento de que estaba en el lugar correcto tomando la decisión correcta. Además la comunión que veía en sus palabras encajaba en mi sentir de la espiritualidad, la cual se  alimentaba a menudo de las fuentes indígenas. Aquello fue una señal para mí.

 

Iquitos,  Perú. Estoy charlando con el Padre Pastor mientras me enseña una gran colección de cerámica. Hablando de lo que es el CETA me dice que el Padre Joaquín ha tratado de recuperar la memoria de los antiguos pobladores de la Amazonía, que su trabajo consiste en mantener su cultura, en honrar su memoria, en ayudarles a construir su futuro. Sus palabras se quedaron grabadas para siempre. En mi lenguaje más íntimo las palabras ayuda y servicio han marcado mi vida. Trabajé años sirviendo, me críe en la naturaleza jugando en un bosque que parecía el Varillal de Allpahuayo mirando al cielo en la noche, preguntándome por la razón de mi existencia. Y el camino me condujo hasta la selva, al encuentro de una familia que en unas modestas instalaciones trabajaba por iluminar la conciencia de los habitantes de un milagro llamado Iquitos. Una ciudad alegre, caótica, luminosa, vital donde la mezcla de culturas se reflejaba en todos sus poros. Formar parte de ese proyecto fue un verdadero privilegio. Desde mi humildad pude compartir mis ideas y mi sentir desde sus páginas, pude formar parte de su historia.

 

Lamenté profundamente cuando Alejandra me dijo que la biblioteca Amazónica había cerrado por falta de apoyo. Yo sabía que para el CETA era una criatura de vital importancia, modesto recipiente de la sabiduría escrita sobre la selva. Uno más de los síntomas de una sociedad insana en la que la cultura es prescindible, en la que muy a menudo la memoria se olvida y el color del dinero difumina la riqueza de colores de las personas. Pieles oscuras, cobrizas, mulatas, que luchan por sobrevivir en un mundo acelerado en el que los pensamientos sobre cómo algunos creen que tienen que ser las cosas ocultan los sentimientos de los que están viviendo la verdad, dueños de su momento en una cocha, en un tambó, en un rincón perdido de alguno de los afluentes del gran río. El CETA ha colaborado a dar voz a la selva, ha tratado de poner cordura en los dirigentes políticos, ha tratado de denunciar la injusticia, ha tratado de recordar a los olvidados.

 

El calendario Maya celebra este año su fin del mundo. Es un final anunciado en el que nos acercamos a un cambio de paradigma. No se acaba el mundo, se acaba nuestra percepción del mundo. Se ha de acabar el mirar a él viendo solo desgracias, injusticias y calamidades. Se ha de acabar ver un mundo donde se destruye la naturaleza por la ambición humana. Donde el débil no tiene quien le proteja, donde el poder se gestiona desde la mente y no desde el corazón. No hay nadie a quien echarle la culpa pues todos somos culpables. Cada uno de nosotros tenemos la llave de la compasión y de la misericordia, tenemos nuestra propia llave que abre la caja de los milagros. Somos todos responsables.

 

Un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y les dijo a los niños que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron juntos a disfrutar del premio. Cuando él les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar todas las frutas, le respondieron: UBUNTU, ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes? UBUNTU, en la cultura Xhosa significa: "Yo soy porque nosotros somos.”

 

Felicidades CETA.

 

 

 

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