El CETA, la selva y el humanismo

 

 

César Ching Ruiz

 

 

 

 

¿Hasta dónde puede llevar a un hombre la fe y la obediencia a una ideología, a una manera de pensar? La respuesta a esa pregunta la tuve una tarde, entre las muchas pláticas vespertinas y el beber tazas continuas de café y, luego, repasar y cruzar muchos umbrales hasta dar con uno, el de Joaquín García Sánchez,  sacerdote agustino que pisó estas tierras amazónicas un lejano 1968. Años después, 1972, inspirado de las grandes corrientes del mundo y en las orientaciones del Concilio Vaticano II fundó y ha dirigido hasta hoy el Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía ( CETA). Este Centro creado bajo el Vicario Apostólico de Iquitos, Mons. Gabino Peral de la Torre,  adecuaba las orientaciones del Concilio Vaticano II (1965),  y a lo dado en la Asamblea General del Episcopado Latinoamericano (Medellín, 1968) y luego, lo surgido del Encuentro de Pastoral de Misiones en el Alto Amazonas (Iquitos, 1971), a una compleja realidad sociocultural de la selva amazónica con elementos antropológicos y teológicos de reflexión. Se trataba de un nuevo avance en el diálogo fe y ciencia.

 

La tarde que cruzamos diálogo, eran momentos brumosos y aciagos para la institución. Entre la conversa se nos hacía extensiva la interrogante de la situación límite y cerrada a la que habíamos llegado que en argot deportivo del boxeo casi era un aproximado de tirar la toalla a la lona. “Por qué temer -dijo-, cuando se sabe que hay un norte a dónde dirigirnos”, fue su lacónica respuesta.

 

Como Joaquín García, el hombre, el sacerdote, pocos o pocas, tienen un espíritu capaz que los lleva a emprender empresas personales u organizativas consideradas en su germen como utópicas, que, pasado el tiempo, tienen sabor de miel que dan las recompensas cuando puede volverse la mirada atrás y ver en ella los rastros de los pasos y el tiempo perdido que terminan siendo tan valiosos como bien lo señala Marcel Proust. No en vano este escritor francés sostiene en uno de los tomos de su portentosa obra que sólo la Iglesia alcanza su meta, en clara alusión, a la perseverancia que, como el CETA, sus paredes están cargadas de recuerdos y  se vuelven mudos testigos de cuatro décadas de andadura, de saber que el camino se hace al andar, golpe a golpe, como los umbrales abiertos y los pisos de indistinto color y factura que adornan su arquitectura, un local que ha dado cobijo a muchos, a muchas que se aunaron al pensamiento de asumir la Amazonía desde dentro, desde lo endógeno y que, por indistintos destinos, no están y cuya impronta siguen presentes y perennes.

 

Sucede, para quienes asumimos la posta -casi de manera accidental en mi caso-  cada umbral (son más de 10 años), cada metro son historia pura de lo devenido en lustros que tiene su soporte y asidero de tiempo en los primeros misioneros católicos que pisaron el Abya Yala luego de navegar largas, desconocidas y misteriosas rutas por las aguas, subidos a frágiles bergantines.  Abya Yala era por entonces el nombre que el pueblo oriundo Kuna dio al continente americano. Ambas palabras pueden traducirse como Tierra en plena madurez o también una tierra de sangre vital  que, pasados los siglos, siguen siendo, y que encuentra en el padre agustino, Avencio Villarejo y a otros, el eslabón que une todo este tránsito de tiempo. Este misionero los resume de la forma simple al asentir que “Así es la Selva”. A la labor investigativa y misionera  de Villarejo se sumaron los otros aportes de grandes viajeros. Todos ellos lograron a pocos que la selva fuera vista como algo más que un inhóspito lugar y supuestamente por quienes no lo querían ver: un espacio vacío. Errada manera de concebir la Amazonía que imperó desde la segunda mitad del siglo XIX. Gracias a una fortaleza física y mental envidiable, el sacerdote agustino de hábito blanco, de sombrero y de manos gruesas y toscas, surcó ríos y cruzó trochas muchas veces en solitario para encontrar la esencia vital de una Amazonía reposada en su diversidad y en la presencia de pueblos oriundos. Lo que siguió fue luego la instauración de pueblos misionales, acompañados de una labor pastoral desplegada en el Vicariato de Iquitos durante todo el siglo XX. La posta estaba dada.

 

María Victoria Fernández  (Etnohistoria de la religión: los agustinos en la Amazonía Peruana y su relación con el período cauchero) sostiene que el papel evangelizador de la Iglesia católica en Latinoamérica durante el siglo XX y, en especial, en esta parte de la Amazonía quedaba limitada a la época colonial. A ello habría que adherir la decadencia del glamour como consecuencia de la explotación y negocio del jebe natural.  En marzo de 1901, los sacerdotes agustinos Paulino Díaz, Pedro Prat, Bernardo Calle, Plácido Mallo y el Hermano Pío González (Lovera Vásquez- 2000), arriban a Iquitos por decreto del Papa León XIII  con el  propósito de revitalizar las misiones. Su llegada se produce en momentos que salían a la luz los llamados “Escándalos del Putumayo” cuyos escalofriantes detalles hoy son bastante conocidos. Una compensación a la bajada de precios del caucho devino en una sobreexplotación del trabajo de indígenas boras y huitotos, situación límite que los puso al borde mismo de la esclavitud y el exterminio. Detrás de esta sordidez,  Julio César Arana, estaba fungido como patrón.

 

Era obvio que la presencia religiosa resultaba desagradable a un cierto estilo de  vida dispendiosa y al  boato pleno de los “barones del caucho”. Argumentando la falacia de que para “evangelizar salvajes” no tenían necesidad de quedarse en la ciudad incitaron a los miembros de la Iglesia a salir del lugar. Aunque ello sucediera por los años 1900, sucesos cortamente descritos, cobran su trascendencia en una dimensión histórico-antropológica del CETA  y de otras instituciones  tornasen buscar el desentrañamiento de la historia de la región amazónica peruana desde el siglo XVI hasta comienzos del siglo XX pasando por diferentes períodos, acudiendo a la compilación de fuentes históricas  dedicadas a conquistadores, misioneros, agentes gubernamentales, científicos y viajeros, extractores, todas compiladas en “Monumenta Amazónica” que, aunque incompleta, sigue constituyéndose en uno de los magnos aportes a la historicidad amazónica y en ese mismo orden la Biblioteca Amazónica se inserta en ese propósito. La biblioteca comenzó a formarse con el aporte de un centenar de libros de teología y filosofía de sacerdotes que estaban en Iquitos. Uno a uno comenzaron a llegar los textos en una cruzada a la que se llamó "repatriación de la información". Contactos personales, compras de libros de anticuariado, nuevos libros, rescate de testimonios pasados, acopio de audiovisuales, hemerotecas, mapas,  y de cuanto vestigio apareciese la memoria de nuestro pueblo. Ahora con sus miles de ejemplares constituye una de las colecciones de temática amazónica más valiosas allende de nuestras fronteras. Labor de hormiga, en que se incluye a personas e instituciones que hicieron posible el local que ahora guardan los cargados anaqueles. La sumatoria representa el esfuerzo de muchos que saben del enorme legado de una memoria, palabra que en sus cuarenta años cruza transversalmente toda la obra del CETA.

 

Por cierto que poner énfasis en  el valor de la persona humana, considerándola como un ser racional capaz de practicar el bien y encontrar la verdad como sostiene el humanismo, sigue siendo el devenir en la décadas que tiene el CETA. La tarea inicial que abarcaba los espacios de educación y teología se extendió a actividades que se resumen como culturales y que llegaron a espacios literarios y artísticos. Esto no pudiera entenderse en su real dimensión sin un contexto en que se diera todo este fermento de ideas y obras que bajo una  perspectiva diacrónica se presentan  a lo largo de un tiempo histórico, que a grandes rasgos puede decirse que hubo detrás una larga sucesión de tránsitos políticos a nivel nacional, regional y local de indistinta suerte y sobre todo, la tanda de sucesos sociales, económicos y culturales registrados en las páginas del semanario de actualidades “Kanatari” (Amanecer en lengua cocama) que llega en esta edición al número 1444 en una sucesión infatigable e ininterrumpida de números.

 

El palpitar noticioso como se acostumbra a decir, está en millares de páginas algunas ya ajadas y amarillentas, en las cuales se reúne el escrito de cientos de colaboradores que dejaron su estela y que ahora sirven para el visionar presente y futuro y, desde luego, las labores del CETA mismo. Cada domingo una nueva edición llega con fidelidad al lector, y cada número va engrosando, un semanario que, sin aspavientos, sigue siendo un referente periodístico sobre el cual descansan valores comunicativos que se pierden en el tráfago noticioso y que ahora, cosa de los tiempos, el semanario sale en versión digital. Junto a toda esta empresa editorial, la revista “Shupihui” en cuyas páginas, intelectuales de diversas disciplinas sociales  guardan sus aportes a la temática amazónica. En una pausa, la revista dejó de editarse y está a punto de reiniciarse.

 

“Tener un alma y un solo corazón” representa para todo agustino el motivo de seguir adelante en la labor que asumen. Bajo esta guía el CETA continúa en su tarea humanista. No es nada fácil para quien escribe esta nota y que sigue de cerca la terca vocación de este equipo, no caer en las trampas forzadas de la abstracción que lleva a constreñir en apretada síntesis un trabajo de largo aliento, pues dentro de ese corsé mental, no puede dejar de mencionarse al Centro Cultural Infantil “Irapay” y al Centro de Altos Estudios Amazónicos de cuyos productos, generaciones a futuro podrán beneficiarse en la certeza de que seguirán.

 

Llegado al final de esta nota, desde dentro, desde cada umbral, en el deambular solitario de las noches, cuando existe riesgo de tropezarse con baúles antiguos, y,  con el temor de que motelos, lagartos, armadillos, muñecas de trapo y de calabazas cobren vida como en los dibujos animados en este paraje de recuerdos, me detengo en la ilustración del afiche hecho por Gino Ceccarelli el año 2005 que sirvió para propagandizar la otra magnánima tarea del CETA, la XX Feria del Libro, y me paro a observar al Quijote y a Sancho en un lugar de la Mancha, en un claro del bosque con una frase que hoy da sentido a esta nota: “Por la conquista de la utopía y la comunicación”. Cuarenta años del CETA puede entenderse como la lucha para conseguir que los sueños no sean imposibles de alcanzar. En el célebre prólogo de Mario Vargas Llosa a una edición más del Quijote, el escritor hace alusión a este caballero andante que embutido en una armadura anacrónica y tan esquelético como su caballo, emprende, acompañado tan solo por un campesino basto y gordiflón montado en un asno, que hace las veces de escudero, el recorrido de llanuras de la Mancha, heladas en invierno y candentes en verano en busca de aventuras. Lo anima un designio enloquecido: resucitar el tiempo eclipsado siglos atrás. La historia misma, la memoria.

 

Es probable que en este Iquitos actual, distante de 1972, no existan caballeros andantes, ya que nadie profesa las ideas ni respeta los valores que movían a aquéllos y que si lo son, son pocos. El tema de las utopías  parece circunscribirse a un asunto de desafíos individuales.  La modernidad ha volatilizado muchos códigos del honor individual. Hoy, cuando el CETA llega a sus cuarenta años, la respuesta que Joaquín García ha dado esa noche, tiene cabal sentido para mí. Las leyendas y las utopías como las que dieron certeza al Quijote y en las palabras del Nobel de Literatura, la fraguan los seres humanos para huir de algún modo de la inseguridad y de la violencia que parece ser la característica de este tiempo,  lo emprenden para que otros vivan y encuentren refugio en una sociedad de orden, de honor, de principios. Finalizo, parafraseando la canción de la opera del “Hombre de la Mancha” en su parte final: Porque sé que si logro ser fiel/a tan noble ideal/dormirá, mi alma en paz al llegar el instante final. Gracias Joaquín, gracias CETA.

 

 

 

 

 

 

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